Los medicamentos que inducen la sensación de saciedad llevan utilizándose más de una década para tratar la obesidad y el sobrepeso. Un pinchazo a la semana, 120 euros al mes y adiós ganas de comer. ¿Estamos ante la panacea para curar el mayor problema de salud pública de nuestra era? ¿O ante una trampa que promueve una relación perversa con la comida?

Apetito y saciedad,  ¿pareja imperfecta?

Hormonas. Están en todas partes. También en nuestra relación con la comida. En los antojos, en los atracones irreprimibles, en la ansiedad nocturna que nos empuja a asaltar la nevera de forma incontrolada al llegar a casa tras un día estresante… Cuando comemos, nuestro intestino libera diferentes hormonas que impactan en el hipotálamo –el centro cerebral que controla el circuito del hambre y la saciedad– y en los neurotransmisores del placer.

Estas hormonas transmiten a nuestro cerebro esa sensación de recompensa física y psicológica que conocemos como saciedad: disminuyen los antojos, el apetito se inhibe y nuestro cerebro entiende que no hace falta seguir comiendo. Pero este mecanismo no siempre funciona correctamente.

Desde hace unos años, en la ecuación del apetito y la saciedad se ha colado un nuevo agente. Su nombre clínico es semaglutida –también su análogo, liraglutida– y se comercializa bajo marcas como Ozempic, Rybelsus, Wegovy o Saxenda. Se trata de un principio activo semejante al glucagón (GLP-1), una de las hormonas naturales que se liberan en el intestino después de comer y que transmite al cerebro la sensación de saciedad.

“Estos medicamentos actúan a nivel cerebral, en el hipotálamo, donde se localiza el control del apetito. El resultado es que el vaciado gástrico va más despacio, la sensación de plenitud se dilata durante más tiempo y el apetito se corta”, explica el equipo médico de la Clínica Mira + Cueto.

El descubrimiento de este efecto de la semaglutida fue casual, un hallazgo colateral. Formulado para tratar la diabetes tipo 2, el medicamento inyectable estimula al páncreas para que libere insulina y favorezca el metabolismo de la glucosa en pacientes diabéticos.

La sorpresa fue comprobar que, además, interviene en el circuito cerebral que regula el apetito y la saciedad. “Aparte de bajar el nivel de azúcar en sangre, la presión arterial y la glucemia basal en pacientes con diabetes tipo 2, también inhibe el apetito y reduce el perfil de grasas del organismo, favoreciendo la pérdida de peso”, añaden en la Clínica Mira + Cueto.

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Dieta, ejercicio…  y un pinchazo a la semana

La semaglutida se administra a razón de un pinchazo a la semana. El tratamiento cuesta 128 euros al mes y los estudios han demostrado que el paciente pierde en torno a un 15% de su peso. “La semaglutida está indicada para tratar problemas de salud, no estéticos”, puntualizan en la Clínica Mira + Cueto.

“Se aconseja como complemento en tratamientos de dieta baja en calorías y ejercicio en pacientes con obesidad y un índice de masa corporal mayor de 30, o en pacientes con sobrepeso y un índice de masa corporal igual o mayor a 27 que además tengan hipertensión, diabetes tipo 2 o colesterol alto. La supervisión médica es esencial”, puntualizan.

Aunque también funciona para adelgazar, la semaglutida –de nombre comercial Ozempictiene regulación legal para la diabetes. La liraglutida –de nombre Saxenda–, que se pincha una vez al día y es más cara, está regulada para la obesidad. “Así que hay pacientes con obesidad y sobrepeso que presionan a sus médicos para que les prescriba Ozempic. Si bien es verdad que funciona, quienes utilizan Ozempic para adelgazar les están ‘robando’ el medicamento a los diabéticos”, dice María José Crispín, médica nutricionista de Clínica Menorca.

Según el INE, un 34% de los españoles mayores de 18 años padece sobrepeso y un 14% obesidad. Hay estudios que indican que, a largo plazo, la sobrealimentación y el sedentarismo podrían llegar a provocar mutaciones en el ADN de las generaciones futuras, disparando la predisposición genética a sufrir obesidad.

“Estas cifras son de pandemia y han alcanzado su nivel más alto en la historia de la humanidad. Constituyen un serio problema de salud pública”, alerta la doctora Crispín. “Los pacientes con obesidad y sobrepeso han pasado años sin ninguna ayuda en el tratamiento de adelgazamiento, solo se les exigía aumentar su fuerza de voluntad. Ya era hora de que apareciese un fármaco que funciona.”

Una tendencia viral

En las redes sociales hay millones de menciones del uso estético de la semaglutida, lo que ha generado enorme demanda y unas expectativas irreales. “Se presenta como un método rápido para poder ponerte un outfit para asistir a un evento”, lamentan en la Clínica Mira + Cueto.

El aumento de la demanda ha ocasionado que pacientes con diabetes se hayan quedado sin medicación. Los estudios han demostrado, además, que los kilos vuelven cuando se interrumpe el tratamiento. Algo frecuente, dados sus molestos efectos secundarios –ardores, gases, náuseas, vómitos, estreñimiento, mareos, taquicardias y cefaleas– que empujan a muchos a acabar renunciando al pinchazo a pesar de lo alentador de una báscula que cada vez les muestra cifras más bajas.

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Tanto en la Clínica Menorca como en la Clínica Mira + Cueto insisten en no frivolizar. “El acceso a los medicamentos para la pérdida de peso debe estar siempre regulado. El tratamiento de la obesidad y el sobrepeso ha de partir de la prevención, la educación, la adherencia al tratamiento y la constancia”, puntualizan en Mira + Cueto.

Y alertan sobre los peligros del mercado negro: “No debe ser tan sencillo conseguir este tipo de medicamentos por canales no oficiales”. La doctora Crispín añade que la semaglutida “es un medicamento, no un suplemento. Solo se vende en las farmacias y con receta médica. En ningún caso se puede comprar sin receta en España ni en ningún mercado de Europa occidental”.

El problema no está en los fármacos

Partidaria de su uso “en pacientes con obesidad y sobrepeso crónicos como coadyuvante de la dieta y el ejercicio”, la doctora Crispín plantea una reflexión: “Cuando un paciente con hipertensión va al médico le indican que  disminuya la sal, que camine y le dan un fármaco. Cuando el paciente tiene diabetes le recomiendan que coma menos carbohidratos, que camine y le dan un fármaco. Cuando tiene el colesterol alto le indican que elimine de su dieta las grasas saturadas, que camine y le dan un fármaco. Entonces, ¿por qué a la gente con obesidad o sobrepeso solo se les pide fuerza de voluntad y no se les ayuda con medicamentos?”.

Eugenia, de 54 años, ha luchado durante toda su vida contra la báscula con dietas superestrictas y mucho sacrificio, pero siempre volvía a engordar. Lleva un año y medio con Ozempic dirigida por una nutricionista, haciendo dieta y ejercicio todos los días. Su balance es “maravilloso”, asegura. “He bajado de peso como nunca en la vida, 25 kilos. Hasta el momento jamás había logrado perder peso sin tener efecto rebote. Ahora se me acaba la prescripción y voy a intentar que me receten otra marca para poder perpetuar el tratamiento.” Perpetuarlo. Para toda su vida.

El problema es cuando estos fármacos inducen a una mala relación con la comida. “No puede ser que el paciente se ponga la inyección y luego no se salte una fiesta ni una barbacoa, siga comiendo y bebiendo todo lo que se le antoja y con un estilo de vida sedentario”, dice la doctora Crispín.

“Yo no creo que el problema esté en los fármacos. Es preciso concienciar de la necesidad de un estilo de vida saludable desde la infancia. Promover una vida más sana y activa desde las escuelas, desde las altas esferas, a nivel político… E incluso adoptar medidas económicas, como aumentar los impuestos a los ultraprocesados y a la comida basura de escaso valor nutricional y abaratar las frutas y verduras”, reflexiona.

Hollywood Y EL POLLO A LA PLANCHA

Celebridades como Elon Musk, Kim Kardashian, Amy Schummer, Sharon Osbourne y Oprah Winfrey han reconocido haber usado alguna de las formas comerciales de la semaglutida de modo más o menos continuado. Famosos aparte, la doctora María José Crispín celebra que estos fármacos son una gran ayuda frente a la pandemia sanitaria de la obesidad y el sobrepeso.

“Cuando tenemos un antojo nos apetece pan, dulces, chocolate y patatas fritas, no una pechuga de pavo a la plancha con una rodaja de tomate. Y en los enfermos de obesidad esto es un grave problema.” A este perfil de paciente no le basta una infusión saciante de alga fucus para calmar su ansiedad.

“La semaglutida y la liraglutida logran que la saciedad se alcance incluso con una dieta estricta. Son muy facilitadores porque favorecen que las dietas de adelgazamiento se cumplan de verdad.” Siempre que su uso esté supervisado por un médico y combinado con dieta y ejercicio, “estos fármacos han llegado para quedarse”.