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Eduardo Casanova: "Estoy obsesionado con Corea del Norte, los Kennedy y Charles Manson"

Una historia de dependencia mutua entre una madre y su hijo y la fijación del director con Corea del Norte articulan una de las películas del año, que se estrena hoy.

Eduardo Casanova estrena La PIedad
Juan Carlos Mauri

Foto: Juan Carlos Mauri

Este 13 de enero llega a los cines La Piedad,la nueva y personalísima película de Eduardo Casanova –como todo lo suyo en realidad– que tiene como protagonistas a Ángela Molina y Manel Llunell. Ambos interpretan a una madre y un hijo enrocados en una relación que parece puro tósigo. Pero la película no son solo ellos: también hay un curioso paralelismo con la realidad de Corea del Norte y una cuidadísima estética. Todo reflejo del peculiar y fascinante universo de su director (“soy muy obsesivo”, nos cuenta) cuya creatividad no parece tener límites... salvo los que él mismo se ponga.

Eduardo Casanova estrena La PIedad

El actor entre Ángela Molina y Manel Llunell, protagonistas de La Piedad. Foto: Pablo Wada.

La Piedad no es una película para ‘pasar el rato’, sino de las que te invita a reflexionar y repensar. Desde luego no se trata de algo que, cuando lo ves, puedas decir tajantemente “me gusta’. No creo que sea una película de la que, con todos mis respetos, se saque una conclusión tan simple. La Piedad te lleva a un lugar al que no te han llevado nunca. Es difícil encontrar filmes como este. Y uno de los deberes que yo me pongo como autor es que mis trabajos te conduzcan precisamente a eso, a plantearte cosas que no te habías planteado antes. Para divertirse hay otras películas; la mía es para ver algo nuevo.

Da la impresión de que rodarla ha sido una labor de relojería fina. No te haces una idea del trabajo que hay detrás de esta peli. Te lo confieso: soy obsesivo. Hasta hace un año (de hecho se me puede ver en photocalls y en entrevistas) tenía mucho más peso. Y lo tenía porque estaba tomando una pastilla antipsicótica para las obsesiones. Yo siempre he sido muy sensible; bueno, muy obsesivo. Y La Piedad habla precisamente de la obsesión, de cómo podemos llegar a obsesionarnos tanto con algo, a depender tanto de algo o a buscar tanto algo. En un momento muy concreto de mi vida, cuando estaba con esa medicación pero iba a mejor, sentía que para acabar de recuperarme tenía que rodar esta película y poner en ella todas mis fijaciones y una de ellas es el control. Cuando me dices que has visto La Piedad y me comentas eso de menudo trabajazo, como está todo precisamente colocado… es que es así. ¿Cuántos planos puede tener? Ni idea… ¿Mil? Pero detrás de esos mil planos estoy yo, literalmente, colocando exactamente todo donde tiene que ir. La película es compleja y barroca de emociones, aunque estéticamente sea minimalista. Y esto ocurre porque mi mente tiene que colocar determinadas cosas; si hubiese sido rococó hubiese sido una locura. Quiero tener un universo controlado como respuesta a un mundo tan caótico como hay en mi mente.

El rosa es el color dominante. Y la pregunta es, ¿del rosa también se sale? Yo creo que La Piedad es la despedida de muchas cosas: de esa pastilla que tenía que tomarme para las obsesiones, de miedos, de relaciones tóxicas… y también de una parte de mí. Y esa parte de mí conlleva el rosa. Uno nunca sabe hacia dónde va a tirar, porque al final siempre somos las mismas personas, pero cuando acaba la película se lleva el rosa con ella. Y ahí lo dejo porque no quiero hacer spoiler.

Detectamos mucho de síndrome de Munchausen en la historia. Me interesa este trastorno y me puse a escribir la película con él en la cabeza, pero luego empezó a ir por otros derroteros. El síndrome del Munchausen se origina cuando el tutor o tutora enferma a su hijo para así poder tener el control. Pero para mí lo interesante es cómo evoluciona esta relación, como cambia (insisto en que no quiero hacer spoiler).

Hay un personaje, la psicóloga interpretada por María León, con las que los espectadores nos sentimos muy identificados. ¿Es lo que buscabas? Tal cual. Todos los personajes en esta película reflejan de alguna forma mis obsesiones y mi parte más tóxica, pero se necesitaba alguien que diese una perspectiva realista de lo que piensa el espectador. Ese es el personaje que interpreta María León, el único que habla de una forma un poco más coherente.

Ángela Molina no solo está muy bien; también guapísima. Se lo tienes que decir si hablas alguna vez con ella. Ángela es una actriz con una personalidad increíble que a mí y a todos nos enamora. Aunque esté acostumbrada a meterse en personajes, a ella le cuesta verse con la estética y con el look del que interpreta aquí, sobre todo porque le quito una cosa tan característica de ella que es su pelo. Yo también comparto tu opinión: creo que está increíble y ha sido una pasada dirigirla. Es cierto que en un momento sentí que estaba renunciando a poder controlar a alguien; daba por hecho que a una leyenda como es Ángela Molina no se la debe controlar en exceso porque lo que ella vaya a hacer de por sí es mucho más interesante de lo que tú le puedas pedir. Me di cuenta de que es la definición de actriz por antonomasia: le propones un juego o un personaje alejadísimo de ella y si confía y te quiere (y a mí me quiere mucho y yo la quiero mucho a ella), se entrega y te ofrece algo completamente nuevo.

Eduardo Casanova estrena La PIedad

Danza coreana en plena ejecución. D.R.

La coreografía coreana con la que (casi) abre la película es una pequeña maravilla. Yo he estudiado mucho sobre la cultura norcoreana. Las canciones son canciones populares norcoreanas y los bailes, bailes tradicionales de Corea del Norte. Todo en la película gira en torno al país. Lo que ocurre es que me apetecía reflejarlo desde mi punto de vista (aunque no he creado la coreografía, sí que la dirijo) y colaborar con otros artistas; por ejemplo, el vestuario –por el que estamos nominados al Goya– es de Manuel Bolaño. Y me parecía muy divertida la idea de ver a Macarena Gómez o a Ángela Molina haciendo un playback de una canción norcoreana. También veía muy guay el contraste de empezar la película con una noticia dramática y enseguida cortar e ir a esa expresión de surrealismo, ese decorado, ese baile….

Alguna de las escenas tienen una ejecución absolutamente teatral. Por ejemplo, aquella de las fresas… La película es bastante teatral y esa escena en concreto está pensada casi como una obra de teatro. De hecho, una de las ideas iniciales era dejarlo todo en un plano. Luego hubo que hacer cortes, pero ese era el propósito, sobre todo porque a mí me interesa mucho el concepto de que Corea del Norte a veces puede parecer un bonito plató de cine. Cuando tienes una imagen de Pionyang o de Corea del Norte te puede llegar a parecer mentira lo bonito que es. Yo tuve la oportunidad de visitar la frontera entre las dos Coreas cuando empecé a escribir La Piedad y allí lo primero que ves es un pueblo fantasma que colocaron justamente para que los turistas de Corea del Sur o los turistas capitalistas vieran que ahí hay un pueblo con edificios color pastel. Pero, si te das cuenta, esos edificios están vacíos y solo han sido construidos por delante. Por detrás no hay edificio; claramente es un plató. La idea de tener un plató perfectamente milimetrado también es muy mía: en Corea del Norte todo está controlado por un dictador y en mi película por una voz omnipresente que es la del director. Hay un paralelismo entre La Piedad y Corea del Norte: ambas son un escenario teatral estéticamente muy bonito donde suceden cosas horribles. Lo mismo ocurre con las fresas que mencionabas: la fresa es ese elemento naíf y cuqui que parece que nunca te va a poder hacer daño, igual que un edificio rosa o un lazo rosa. Lo que sucede es que a mí me gusta llenar de oscuridad y conflicto todo eso que parece inocuo porque en realidad la estética no significa nada. Nos han enseñado que distintos elementos son buenos o malos y una de las cosas que me parece más interesante en el arte, y sobre todo en el arte plástico, es deconstruir esa idea.

Tu película ya ha pasado por varios festivales cosechando éxitos. ¿Te estresa mucho pensar en qué reacción va a tener el público? Quiero ser completamente honesto: yo nunca esperé que se fuese a rodar La Piedad. Y entré en un bucle obsesivo. Porque realmente era bastante imposible que yo la rodara siendo la película que era. Intentar levantar un proyecto ya de por sí es complicado y más de este tipo, con una pandemia por medio y tantos noes que recibimos. Incluso cuando se confirmó que se iba a hacer y ya estábamos trabajando en ella, yo seguía sufriendo muchísimo hasta el punto de verbalizar a mi representante y amigo Antonio (Abeledo) el “no voy a rodar la película”. Y Antonio me cogía y me decía: “Eduardo, la estás rodando”. Pero siempre tenía la sensación de que no la iba a hacer, o no se iba a terminar o no se iba a estrenar. Siempre estuvo dentro de mí. Y es algo que de vez en cuando todavía me vuelve a la cabeza y me da pánico, porque para mí es como un hijo. Cuando acabé de rodarla empezó a funcionar muy bien internacionalmente. Es la primera vez que me he recorrido todo el mundo con la película: Austin, en Estados Unidos, donde hemos ganado el premio a la Mejor película en el Fantastic Fest; República Checa, donde hemos granado el premio del Jurado en el festival Karlovy Vary… Incluso hemos ido a Corea a presentarla. Era muy improbable que en Corea se viera un filme que habla de un conflicto norcoreano y en la que aparece retratado Seúl. No me podía creer que todo eso estuviera sucediendo. Sí hubo un momento en el que me relajé y empecé a disfrutar y disfruté muchísimo. Pero es cierto que luego te das cuenta de que los festivales, los premios o las nominaciones no son el éxito. El éxito es haber podido hacer la película que es lo que yo siempre pensé que era lo que no podría llegar a hacer. El premio, insisto, es haber rodado La Piedad en este momento tan extraño que estamos viviendo con el arte, la situación política y el cine de autor. Ese es mi mayor logro, porque los premios son una opinión subjetiva. Al final acabas creyendo que tu trabajo ha sido un fracaso si no te han dado un premio o tu película es la mejor del mundo si sí te lo dan o sí te nominan. Pero es mentira. La película es la que es y el esfuerzo que yo me reconozco es el haberla hecho.

En esta entrevista has hablado varias veces de obsesiones… Seguro que tienes alguna fijación confesable que quizás hasta nos sorprenda. Tengo muchas, la verdad. No solo estoy obsesionado con Corea del Norte. De Corea del Norte colecciono muchísimas cosas. En mi casa hay una vitrina, a la que llamo vitrina del kitsch, en la que guardo elementos insólitos de los países más conflictivos. Este es un tema delicado, porque parece que si a mí me llama la atención artísticamente algo es porque comulgo estética y moralmente con ello. Para nada. Yo no soy activista ni político; soy artista y solamente un observador. En esa vitrina, por ejemplo, encontrarás una baraja de cartas con fotos de Putin, o libros de Corea del Norte que se tradujeron al español para mandarlos a Cuba y los compré en China. En casa hay también un baño donde colecciono todo tipo de cosas sobre los Kennedy. Está tematizado: hay papel higiénico de los Kennedy, platos de los Kennedy (sobre todo de Jackie Kennedy)… Además, recopilo todo lo que encuentro sobre Charles Manson, tengo una colección de películas de Dario Argento firmadas por Dario Argento, de John Waters, firmada por John Waters… Y guardo muchísimas cosas feas. Me encanta. Tengo la suerte de viajar mucho y cada vez que viajo intento traerme lo más feo que encuentro, lo más kitsch o lo más hortera de cada país.

No puedo estar más de acuerdo con eso: el que algo te atraiga, incluso te fascine, no implica que te identifiques con ello. Tú eres periodista y haces entrevistas porque te interesa saber lo que hay detrás de la persona a la que entrevistas más allá de que estés o no de acuerdo con ella. Al final, yo creo que eso se traduce en una fascinación para intentar comprender al animal más extraño del planeta, que es el ser humano. Y no hay humanos más raros que los líderes políticos, que hacen cosas a veces horribles. Yo creo que la obsesión por determinados líderes, como puede ser Kim Yong-un, es más que justificable y lógica a nivel artístico y humanístico.

Y esa devoción por Camilo Sesto… ¿de dónde te viene? También colecciono cosas suyas. Tengo un disco de Camilo firmado por él. Las personas que más me interesan en España son Eusebio Poncela, Camilo Sesto y Albert Serra, creo. Camilo me fascina. No sé hasta que punto se le ha dado su lugar, pero opino que es el Liberace español y merece un biopic ipso facto. Y luego yo me he criado con sus canciones; mi madre es adoración lo que tiene por él. Me fascinan esas baladas tan pomposas y tan kitsch, y la propia estética del artista sobre todo en su madurez: operadísimo, con ese pelo.. Me dio mucha pena cuando falleció.

Eduardo Casanova estrena La PIedad

Ana Polvorosa, colaboradora y amiga del director, tiene también un papel en La Piedad. D.R.

Volviendo a La Piedad, imagino que te lo habrán preguntado ya, pero cualquier parecido entre la relación madre hijo de la película y la que tú mantienes con la tuya en la realidad es pura coincidencia. Con mi madre tengo una relación genial. Nos hemos visto muy reflejados en la película y, de hecho, ella aparece en una escena. Es bonito estar en una pantalla y en algo que va a ver tanta gente. De algún sitio debo tirar para contar mis historias.

Tienes una tía vidente. ¡Qué fantasía! Mi familia es muy terrenal y espiritual a la vez. El tarot, la lectura de manos, la imposición de manos, la intuición y las visiones son cosas que siempre han estado presentes. Me he criado en un barrio muy humilde, con todo esto que te cuento de la videncia, con esta pasión por Camilo Sesto. De algún modo me ha generado en la madurez una obsesión por el kitsch, el camp y lo bizarro.

Has dirigido algún capítulo de la serie Nacho, recientemente adquirida por Atresplayer Premium y que llega en marzo a la pantalla. ¿Qué tal la experiencia? Solamente te puedo decir que Nacho es una serie increíble, donde he conocido a una persona que me ha cambiado la vida personal y laboralmente y que es la productora, Teresa Fernández-Valdés (cofundadora de Bambú Producciones). La admiro muchísimo. A mí me vino muy bien hacer Nacho porque justo acababa de terminar de rodar La Piedad y me había quedado vacío, como si me hubieran dado una paliza, porque era un proyecto muy personal y volvía a casa cada día como muy revuelto. Hacer Nacho me quitó de alguna forma responsabilidad porque no era una historia mía, sino pensada por Teresa. Hace poco hemos terminado la postproducción. La serie es espectacular y en la parte que yo dirijo se me ha dado la oportunidad de mantener mi sello. Tengo muchas ganas de que la gente la vea

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