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Algo conmigo

POR Ángela Cremonte

Algo conmigo

"Todo sucedió en pelotas", Ángela Cremonte entrevista a Nico Romero

Nico Romero es uno de los actores más conocidos de nuestro país y empieza a serlo allende los mares ("Las Chicas del Cable" y demás, ya se sabe). También es mi amigo. Pero… ¿quién es realmente él? Leednos aquí, a ver si puedo desenvolver el caramelo, mantenerlo desnudo, dejároslo en el plato.

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Ángela Cremonte entrevista a Nico Romero

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Nico dice que pasa mucho tiempo en el baño. Que se inspira en la ducha, cuando el agua se deshace en la pared y vuelve a él con eco caliente.

“Me he estudiado una carrera entera sentado en el váter. Todo ha sucedido en pelotas, entre el vaho que me pone a punto la mente”.

Ahí le vienen imágenes de escenas pasadas, poemas, palabras que, como pecios hundidos, rescata, repara, redice golpeándose contra la mampara de la ducha… Con el calor quizás aparezca una frase que creyó querer decir con el dedo en el espejo el año pasado y, debajo de ella,

una sola huella

un primer homínido

un mapa de Uganda en el cristal.

Mientras él hace sus libaciones de agua, un gato se yergue en el lavamanos como un reloj de arena negra; el animal observa al hombre que se lava, que mide su tiempo en duchas y castings que a veces naufragan y otras, oye, hay fiesta en cubierta. En sus ojos se refleja la selva blanca del mármol y el cuerpo del hombre desnudo, ya limpio, caucásico. ¿Quién mira a quién, quién es el gato, dónde está esa primera huella que somos..?

A Nico le encantan los felinos y los gorilas de lomo plateado que lo miran en África, frente a frente, después de haberse comido a Dios: no tengas miedo, no te muevas, entra en mí, déjame sentir toda la humanidad en tu mirada. “África me transformó”.

Nico ya no es ese “bufón de corte” (cito) que animaba las fiestas a las que no quería ir. Adiós, máscara. “También soy un hombre frágil. Antes me protegía con el tartazo en la cara. Buscaba el jolgorio. Jugaba a ser frívolo cuando soy el menos frívolo del todos. Me abandoné y me vacié en los chistes. Ahora estoy aprendiendo a pedir, a mostrar mi parte negra”.

Como su gato, el reloj, la arena, África: magníficos de color, perfectos en el abismo de un aseo en Europa.

¿Tú para qué estás aquí? Te levantas por la mañana y cómo te relacionas contigo mismo, con el mundo…?

Yo me levanto y soy actor. Ocupa el 99% de mi tiempo mental. No sé si eso es guay o no. Intento tener una mirada artística hacia el mundo que me rodea. Me doy cuenta ahora de que, ¡hostia! (apenas sube la voz, susurra sus años como quien acaricia al gato) ya tengo 35 años. Siento que ya me han pasado muchas cosas a todos los niveles; y ser actor, para mí, es afilar esa mirada e intentar trasformar todo eso vivido en arte. Darle forma. Ponerlo en mis personajes, fuera de mí. No como algo terapéutico (aunque a veces lo sea), ni como un fluido visceral que dejo a la gente en el platito de postre mientras aguardo mirando a que se lo terminen y los sigo hasta la puerta contando la propina… Sino como algo construido, meditado, ficcionado, sobretodo, que desvirtúe mi propia vivencia real para que de verdad llegue lo que quiero contar.

En un guión, por ejemplo, no creo en la literalidad del relato ni en la fidelidad a lo existente. Es natural basarse en la propia experiencia para contar algo, sí. Pero no me interesa exponer de manera exacta lo que yo he vivido. Es esencial dar el salto a la ficción, a esa mentira entrecomillada, para llegar a la verdad, para que algo sea interesante aunque no haya sucedido así porque, amigos y amigas, en general, a los demás, nuestra vida les importa nada.

¿Cómo estás ahora?

Ahora me siento en un momento de ebullición artística. Con muchas ganas de, calmada y decididamente (35 veces, 35 vueltas al Sol) poner toda esa experiencia fuera.

Me levanto por las mañanas y siento un compromiso con eso. Ya sea como actor o, como últimamente, escribiendo.

Escribo con toda la humildad del recién llegado pero también con toda la contundencia, el rigor y la disciplina que puedo.

Igual que cuando pasé de ser enfermero a actor (baboom. Sí, fue enfermero en Italia donde recitaba medicamentos e interpretaba diagnósticos). Me siento horas al día a escribir. No lo frivolizo. No es una llama pasajera.

Lo conozco. Querría quemarse en esa hoguera y repartirnos las cenizas. Querría que le viéramos saltar el fuego hasta asar nuestras pupilas.

Yo lo miro y echo agua a esa imagen (sé que volverá a prender) con otra pregunta que no escucha.

Hay algo en su mirada que se apaga y luce a la vez.

Fijaos bien en sus ojos negros

tan

claros.

En sus manos blancas

pero azules.

Cómo

puede

ser.

¿Qué te atrapa de un actor?

De un actor me atrapa la verdad, es decir, la imperfección. Que me sorprenda. Y sólo me puede sorprender la verdad. Es lo que yo trato de hacer, también. La verdad tiene muchas formas; puede ser más histriónica o naturalista, no importa, pero cuando es, es.

Yo nunca me quito la responsabilidad sobre mi trabajo y mi verdad. Esté haciendo una serie diaria o rodando con Scorsese (ojalá). Si está bien o mal, es en gran parte responsabilidad mía.

¿Te maltratas?

He aprendido ya a poder ser muy ambicioso y muy exigente con mi trabajo sin maltratarme cuando creo que no llego. Soy capaz de ver lo que hago separado de mí y juzgarlo sin dolor.

En teatro eso no lo puedo hacer porque no me puedo mirar desde fuera. En teatro me toca confiar. Y eso me encanta.

Antes de empezar a hacer la función de “Smoking Room” a finales del año pasado, tenía miedo. No había hecho mucho teatro. Detrás del escenario me asaltaban pensamientos de huida al estilo ladrón de guante blanco: “de aquí me escapo sin ruido, con elegancia y soltura, saludo a la gente del patio de butacas y me escondo a lo larva bajo el edredón de mi cama”. Como cuando en la vida rogamos al cielo un “tierra trágame” ante determinadas situaciones. Igual.

Pero al final, no te escapas (porque en el fondo no quieres hacerlo), sales a escena, miras al compañero, se te abre el pecho y ahí todo merece la pena. En ese sólo minuto de confianza que te atraviesa y cura.., ahí me enganché al teatro. Sentí que me liberaba de mí mismo de la mano del otro.

Intento trasladar eso a un set de rodaje. Trato de encontrar en mitad del maremoto el anclaje con el compañero. Yo en Las Chicas (del Cable) me clavo en los ojos de Nadia (de Santiago. Hola, mamasita) y ella en los míos y da igual que alrededor haya oleaje: no me voy a mover de mi sitio si no es contigo. Esta ola la surfeamos juntos.

Esa magia líquida que te salpica del otro, que te moja a la vez.

No hay victoria más bella que llegar a la orilla de la mano. Acompañado.

Un rodaje es el medio más antinatural para un actor, nada está puesto para facilitarte el trabajo: hay mucho ruido, no te puedes mover con naturalidad porque sales de cuadro o no estas en foco, la gente te toca para colocarte cosas, no grabas las secuencias en orden cronológico… Casi todo está en tu contra.

Un plató no es un lugar para interpretar, vamos. Es el Océano Índico y te han dado una rama de bambú como tabla. Si quieres aprender a surfear así, tragarás agua, cariño. Y vas a tener que volver a intentarlo mañana y resistir las mareas y alimentarte de las algas eléctricas que se te enreden en la boca…

Pero, al final, puedes. Consigues hacer funambulismo sobre la espuma. Y eso engancha, igual que engancha el teatro. Desaparece el miedo, el temor, la expectativa. Uno sale a escena dispuesto vivir algo nuevo, a ofrecerse de cero sin querer repetir lo logrado el día anterior.

Es como ligar, enamorarse, aprender a amar otra vez, pienso, mientras Nico pone en el final de su dedo índice y azul a dos personas sentadas en el sofá de al lado: se llenan la boca el uno del otro, se besan como si se trasvasaran agua en el desierto.

“Qué envidia que se den un morreo tan temprano”, dice Romero.

13 pm, gasolina y fe

por goteo.

A lo nuestro.

Yo en una mujer busco tres cosas innegociables:

  1. Que me haga reír (no hay mayor signo de inteligencia que esa rapidez mental);
  2. Que me atraiga muchísimo (que al mirarla por la mañana con el ceño fruncido de sueño quiera meterme por toda ella por todo rincón intersticio resquicio de piel interior y hacerme un traje de ese ser ajeno que quiero llevar propio en mí).
  3. Que le guste comer (probar juntos. Todo).

En pareja, necesito mucho espacio para mí, para que me sucedan cosas que ofrecer bien, pero no creo en nada de todo esto que es la vida si no es en equipo. Se forma un equipo con quien te hace brillar y cuya luz también haces reflejar tú. Nadie es un satélite de nadie. Todos tenemos estatuto de planeta.

Quiero compartir, regalar lo que soy, lo que escribo, ahora que lo estoy haciendo tanto, por ejemplo. No entiendo tener que quedármelo para mí.

Los chavales del morreo se levantan para irse. No han desperdiciado una sola gota de agua y azúcar.

Nico los mira y dice “yo no sé tener citas. Me pongo muy nervioso. Me gusta cuando, simplemente, sucede”.

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