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Algo conmigo

POR Ángela Cremonte

No sé hacer patatas fritas, mi amor

Dicen que febrero es el mes del amor. No sé quiénes exactamente, pero lo dicen. Lo he leído en un folleto. Un folleto ojalá recordara de qué para vengarme aquí. Para rendirle una 'vendetta' textual bien merecida por desacralización. Porque el amor es sagrado.

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También lo he visto en la mirada de un escaparate este fin de semana. En la vitrina había camisas en rebajas y corazones con brillantina trasplantados de la temporada anterior.

Creo que confundo valor con precio.

Rehago mis cálculos quieta, mientras el reflejo de otras personas en la vidriera atraviesa el mío: sin sangre, sin rastro, sin filo verdadero como las flechas desechables del Cupido de poliuretano made in China, rechargeable battery, do not wet que me amenazan tras el cristal, recién desempolvadas.

Ese querubín me apunta a la cartera, no al corazón.

La acera está llena de pajitas de plástico. Son mil y un dardos sin blanco, desaprovechados. Son lanzas sintéticas de una batalla nocturna (como si el amor se pudiera pelear a base de cubatas…).

Son lunes al sol.

Los remuevo con el pie. Parecen puestos ahí por el enemigo, que hoy brinda en copa, desnudo. Desarmado (es decir, enamorado). Que escribe su carta de pasión en la sala de espera del dentista mientras el Ayuntamiento lleva todo esto a reciclar.

De eso era el folleto, recuerdo. De una clínica dental: "En febrero, sonríele al amor".

Otro expositor de la alegría. Otro falso altar que quiero profanar.

Hace unos días encontré algo que le escribí a un ex novio cuando era bastante más pequeña (eh, abajo el periscopio, no lo conocéis).

Recuerdo que se había enfadado muchísimo porque yo no sabía hacer patatas fritas. Evidentemente, lo que le molestaba era otra cosa, pero él sólo supo expresar su rabia a través de mi ineptitud para con los tubérculos. No era muy creativo.

Tenía razón, eso sí, en que yo no sabía freír patatas. No me interesaban, la verdad. No me gustaban especialmente. Además, de patatas, mi madre siempre me hacía un puré amabilísimo.

El caso es que él se enfadó demasiado por ese asunto. Rompimos y la que enfureció fui yo.

Y le escribí esto:

“No sé hacer patatas fritas, amor. No sé. Es verdad. Jamás pensé que me quisieras para eso. Para desenterrar cuerpitos antiguos, para exhumarlos como a Adán y a Eva y calentar sus costillas en una sartén de acero incuestionable.

No quiero hacer patatas fritas de la humanidad.

Ahora que has dejado todo como a esa bolsa de cadáveres crujientes llenos de aceite sobre la mesa… ahora, todos esos cuerpos baratos, esas patatas de barra me miran a mí, se me han muerto a mí. No al camarero.

Me dan asco.

Me recuerdan a ti.

Me dan un calor en las manos que acaba extendido en mi cadera si nadie mira que no llevo servilleta.

El televisor cuelga del techo como un Jesucristo.

No sé hacer patatas fritas, amor. No sé. Es verdad.

Tampoco ibas a encontrar mi sonrisa en el cuarto de la plancha.

Pero no había que preocuparse tanto. De pantalones arrugados no se nos iban a morir los hijos”.

Estaba muy enfadada pero, sobre todo, estaba triste.

Me ha sorprendido la facilidad con la que antes expresaba la tristeza.

De hecho, todos la expresábamos más, mejor. Sin culpa. Sin Instagram.

La dejábamos estar en la mesa, la mostrábamos en restaurantes. La hacíamos pública y dejábamos propina mirando de frente al camarero.

Sabíamos que ése era el único modo de pasar a otra cosa. A otra ronda del amor.

Era bella, la tristeza. Y es que lo es. Es plástica. Es el espacio creativo desde el que pararnos un poco a sentir, a reconocernos, a descansar, a generar una estrategia para sobrepasarla.

No quiero hacer apología para los melancólicos. Sólo digo que pretender que estemos permanentemente contentos me perturba. Es insalubre. Y me aburre, porque es falso.

Entiendo que se nos invite a la sonrisa.

Entiendo que llegue la Navidad y luego San Valentín y después el Día de la Mujer y el Día de la Madre y el día del día y el futuro en éxtasis y que baje lo vea y Dios… Entiendo que París sea un fiesta.

Pero transitemos un ratito por dentro, por favor, que es invierno y acaba de empezar el frío, ése que duele.

Que estamos aún sacudiéndonos el confeti de la alegría vendible anterior.

Que quiero saber quién soy antes de estar contenta por asalto cada vez que enciendo la tele.

Que si no nos lamemos las heridas ahora de un mal sábado

vamos a llegar al siguiente

con los tacones en la mano

antes de salir del portal.

Que la Primavera está al caer (ésa sí que es la temporada del amor)

y no quiero recibirla con el cuchillo entre los dientes

y 20 paquetes de Kleenex

escondidos

avergonzados

que sacar del forro del abrigo

como si pitara en un aeropuerto mi emoción

por exceso de metal.

El ex novio de las patatas me dejó esto escrito

en una servilleta:

"Llegué por el dolor a la alegría.

Supe por el dolor que el alma existe.

Por el dolor, allá en mi reino triste,

un misterioso sol amanecía".

No era suyo, era de José Hierro. Pero seguía teniendo razón.

Ahora que nos llevamos bien, las patatas me las hace él. Dice que cocinar le pone contento.

Y eso

eso

es amor

sin precio.

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