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Algo conmigo

POR Ángela Cremonte

¿Nada de esto fue un error?

Me entró una duda. Fui a la biblioteca (al soporte, a ese mueble de casa lleno de libros como 'sweaters' ordenados por Marie Kondo) y apoyé un rato mi pregunta ahí, mirando la forma de las cosas y los tomos, igual que quien se reclina en el muro de las conjugaciones.

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Abrí el diccionario. Para mí, el mejor cómic imaginario lleno de deditos de postre cuando de pequeña mi padrastro se hartaba de mis por qué después de comer.

Él dormía la siesta y yo me subía a la mesa de su despacho para bajar uno de los cincuenta Larousse y mil y una noches y desmontarle el campamento, liarle los libros; es decir, el orden del mundo.

Según la RAE, 'ensayar' significa:

1.tr. Probar, reconocer algo antes de usarlo.

3.tr. Preparar el montaje y ejecución de un espectáculo antes de ofrecerlo al público.

La Real Academia de la Lengua Española sería más exacta, tendría más puntería, al menos, si incluyera en su definición de ensayo una acepción que describiera la reacción cuasi enfermiza que se produce en el cerebro de un actor (o en el mío) cuando está en periodo de creación de un texto teatral.

Las neuronas dejan de hacer su sinapsis natural para las cosas del día a día. Reaccionan químicamente en el lugar menos pensado mientras mi otro yo, pasmado, intenta encontrar las llaves que tengo en la mano.

Cuando leo un texto nuevo que en un futuro (demasiado próximo) tendré que representar por primera vez, yo, que ya vivo de por mí en lo abstracto, me convierto definitivamente en una inútil práctica al tiempo que mis células cerebrales se esponjan, chispean, desaparecen… Son pompas de jabón, borbotones en la olla de espaguetis que no recordaré apagar.

El pensamiento concreto me suelta la mano. Me abandona como si de niña mis padres no me recogieran en la puerta del colegio. Espero y nada. Nadie viene. Me asusto. Una parte de mi mente se despega de mí, busca oxígeno y altura, tira los dibujos para mamá al suelo, saca las piedras del bolsillo, se eleva, sube y hace rato que mi materia gris ya es rabo de nube.

Estoy perdida.

La imaginación disparada.

Tengo flashbacks de infancia cuando remuevo una taza de fe (que no el café) y se me inflaman las tostadas.

Desayuno el cuerpo de Juana De Arco.

Dejo el perro olvidado en la bañera mientras le estaba quitando restos de la animalidad adquirida en dos semanas de parque y acera porque estoy repasando texto para hoy y he acabado en el pasillo, que es largo y no hace eco.

Olvido la herida en la cocina y pongo la tirita en la ventana,

el móvil en la nevera, el libreto a memorizar abierto sobre el inodoro

y yo

haciéndome la normal

con los gestos de otra aún en la boca porque he estado pasando escenas en el salón con volumen de capitán de barco

abro al cartero

fingiendo un como si nada de rubia

natural

“sí

natural,

natural

de Madrid”.

Firmo algo con cara de estar escuchando la palabra de Dios

mientras él, como mensajero

(no del Señor sino del Estado, que es otro caballero menos simpático

y más pesado)

me dedica las facturas del año pasado apoyado en el quicio

de mi casa imaginaria.

“Como siga así, me entran hasta la cocina y, además, me cobran”.

Todo el día se organiza en función de un ensayo. La mente está ahí.

Antes de salir de casa repaso texto, visualizo mecánicamente todos los movimientos que tengo que hacer en escena, ya fijados, e imagino de nuevo cada proceso emocional que debo/debería/debiera atravesar, si es que ya los hemos encontrado. ¡Ey!, no hay prisa, que estamos creando.

Por la calle también hago esto. Y, no, no estoy hablando sola. Estoy hablando conmigo…

Ya en el ensayo, en ese allí, en ese espacio encapsulado en el cuerpo del tiempo como una bala encarnada, una hace lo que puede.

Una repite, rehace, se cae, se olvida, pierde, se equivoca, se choca con la escenografía mientras perpetra gestos inservibles. Una repite, rehace, se olvida, pierde, se equivoca. Repite, rehace, se equivoca. Repite, rehace. Encuentra.

“Repite. Repite. ¡¡Repite!!”.

Si el ensayo ha ido bien, la vuelta a casa es fácil. Hay un camino de gloria del teatro al bar, donde charlas con algún amigo mientras comes caliente y recuerdas en sus ojos por qué mirar fuera de ti es tan bonito. Gracias. Postre.

Si no ha ido bien (lo más probable, amiga) huyes directa a tu barrio con el texto entre las piernas, cabizbaja, arrastrando ese libreto sin munición por la calle mientras tu cabeza repasa una y otra vez todos los daños colaterales que necesitas, necesitas (ne-ce-si-tas) reparar cuanto antes.

Por eso ceno cualquier cosa, sin mimo, sin rehogar.

Por eso miro la tele pero no la veo.

Por eso me meto en la cama buscando (aún) en mi recuerdo, el texto perdido, el gesto, el calor. El coro.

“Dios. Se acerca el estreno”.

Apago la luz, ese temblor de sábana que siento…

Por un segundo, el miedo escénico

hasta que mis pupilas se acostumbran al telón,

al techo oscuro

al pavor de no tener memoria…

“Tengo problemas del primer mundo”, me digo todavía despierta, pero el sueño

rápido me tapa la boca: calla, que ése es precisamente el problema de Europa. El de no acordarse de las cosas.

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Gonzalde Núñez y Ángela Cremonte, protagonistas de la obra 'Mi niña, niña mía'

* * * * *

Ángela Cremonte y Goizalde Núñez estrenan el 6 de marzo en el Teatro Español de Madrid Mi niña, niña mía, un texto de Amaranta Osorio e Itziar Pascual dirigido por Natalia Menéndez.

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