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Algo conmigo

POR Ángela Cremonte

"Morite de amor, cagona"

'Te creí como a las luces de un puerto, y no vi las rocas, amor, no vi las rocas'

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angela cremonte retrato selfie

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Amor. Amar. Ser amado.

Ese miedo a querer.

No.

Ese miedo a perder.

Ese miedo al mal dolor (que es tan malo cuando es).

Ese miedo a miedar toda la vida

ahí, eso, a él, a ella, así, siempre.

Ese miedo a sufrir lo mismo en otros cuerpos.

(Renueva quién te hiere sobre la misma cicatriz).

Ese pavor al seguro de incendios

cuando aún no te has comprado la casa.

A imaginarte en un sofá y ver un marco torcido y pensar que un día no vas a tener fuerzas para levantarte a enderezarlo.

Ese volver a

Ese tener que

Ese clavo frío

del amor.

(De empezar a ponerte a intentar

volver a querer un poco a penas

ya).

Qué mal.

Pero en algo hay que obligarse.

Es una decisión, en parte.

Cerrar los ojos y saltar, digo.

Y ya la red que la ponga Dios si es que no la está usando para sí, que a él también le han roto los dos ventrículos jugando al tiro con clavo.

Y salió cruz en raya.

Os digo todo esto porque se ha adelantado la Primavera. Mi muñeca aún marca la hora del invierno pero me tomo el pulso y sí: ya llevo flores en la falda aunque no quiera.

En la calle, un hombre me sonríe. Lo he visto en el reflejo del autobús. Lo ha hecho entre su pecho, el cristal, mi espalda.

Me ha gustado.

Pero he tenido miedo.

Y el pulso me toma a mí.

Era una sonrisa bella. Era dulce y era buena. Os aseguro que más daño me ha hecho la mueca que yo misma me he dejado en el espejo esta mañana.

Y también era un hombre lindo, como prójimo, como compañero, como parecido a un amigo pero con sangre de caballo.

Me ha sonreído y me ha gustado, repito.

Me ha lanzado ese ramo de dientes perfectos y amables. Lo he recogido entero y me he imaginado cabalgando sobre un potro inca. Intermitente, cielo y libre.

Pero he tenido miedo.

Y era un miedo mío.

Y me he dado cuenta de que tengo un problema coronario.

Tengo un problema de corazón.

Temo que me lo rompan, vamos.

Como lo teméis todos. Vosotros, sí, que os veo.

Hace exactamente media hora hablaba en la cocina con Isra, mi compañero de piso. Uno de mis mejores amigos.

Él, con un dedo metido en el bote de dulce de leche de 3 kilos que mi madre me ha traído de Buenos Aires, me decía que había leído por ahí que, como en dos caras de la misma moneda, uno, por un lado, nunca termina de liberarse de algo o de alguien del todo.

No existe la emancipación total. Siempre queda enganchado algo aunque sea en pequeños ápices. Sístole.

Pero, por otro, a uno nunca lo someten del todo. Invariablemente, queda una parte irreductible (y gala) que es libre, que es de uno, que no puede oprimirse. Diástole.

Viene la Primavera, la posibilidad de volver a enamorarse, la probabilidad, por tanto, de que nos hagan daño.

Puré.

Calçot.

Sangría.

Y entonces, ahora, ¿qué?

Habrá que echarle víscera.

Digo.

Si queremos volver a sentir, tendremos que asumir que nos van a destrozar el corazón, por suerte, algunas veces más. Y que nosotros se lo vamos a romper a varios álguienes también.

(Esperemos romperlo con mimo, esperemos romperlo con cuidado. Esperemos romperlo mejor).

Pero pedazos de.

Añiquitos mil.

Al carajo la vajilla.

Y si no, venid a tomar postre a mi cocina.

- “Morite de amor, cagona”, me dice Isra mientras deshace su índice en la posibilidad dulce del tarro.

-“Vale. Pero, primero vos. Y que la Primavera no te tenga piedad cardíaca”.

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@moritedeamorcagon / Liverpool bar (Buenos Aires)
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