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Algo conmigo

POR Ángela Cremonte

Algo conmigo

Me confieso: ésta es la escena que más me ha costado rodar en Las Chicas del Cable T3

Que ¿cuál es la secuencia que más me ha costado hacer en la temporada 3 de Las Chicas del Cable? Ésta: capítulo 6 (o 22), minuto 11. Sí, ésta en la que la monja viene a quitarme a la niña. Leed a voluntad y sabréis por qué.

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Ángela Cremonte en Las chicas del cable
Ángela Cremonte con pendientes de Vidal & Vidal Jewelry y laca de uñas de Guerlain

En mi profesión hay personajes que son un viaje en sí mismo. Un crucero con Tsunami. No los puedes atravesar. Ellos te sobrevienen. Son muy extremos. Son como Elisa (para [email protected] que ni idea: hola, [email protected], Elisa es la mujer que interpreto en Las Chicas Del Cabe).

Personajes que te hunden en el centro del la Tierra en donde algún día perdiste la maleta y al cual ahora te mandan a rescatar de la lava los frascos del neceser de tu alma y las llaves del cofre familiar. Con la boca.

Ese magma.

En esta profesión (en este oficio de orfebres, creo) hay personajes en los que te dejas el cuero. Pones el pecho. Te partes la madre. Para estar a su altura. Para contar lo que toca.

Personajes con los que aprendo cosas que no me enseñaron mis padres, ni las enseñan los hombres, ni la puerta de un lavabo a las 6 de la mañana, ni la noche en un portal, ni las resacas que me llevan de Dios a las cunetas del amor, ni la cicatriz que otro deja en mi cama encima de la mía, ni el hueco poplíteo de los muertos que aún cuelgan de mi cuello, ni la jauría de perros hortelanos que ladran en mi móvil cada sábado, ni el nombre del primer hombre que pude borrar y que es piel muerta que me saco de la boca.

Ni la herida que dejo en la cocina mientras sube el café y alguien baja para nunca.

Elisa tiene la temperatura del corazón cotizando en yenes: frío al levantarse, a presión ya sólo tras desayunar. Como si ese corazón fuera una copa de cristal de bohemia sobre la mesa de palacio en la que vierten té hirviendo. En un segundo prende fuego el azúcar y late el vaso.

Y yo trago y me doy cuenta en plena secuencia (TARDE) de que tengo que hacer que la convulsión me llegue hasta el cielo del paladar.

“A ver cómo me apaño para interpretar esto decentemente”. Miedo. Y calor en la garganta.

Según guión, engañada por mi madre y encerrada en un convento, por fin descubro la verdad. Y se me viene el mundo encima. Y entro en cólera. Y entonces la monja, la carcelera, llega a mi habitación para quitarme a la niña. A Eva, el bebé de Lidia y Carlos.

Las Chicas del Cable

Yo ya intuía que Sedes (el dire, siempre hilando más apretado que) me iba a pedir candela en esta secuencia. Y él sabía, también, que nosotros a plató vamos con mechero. Aunque no fumemos.

Sedes quería que yo empezara ya muy arriba, muy emocionada, muy enfadada y estallara al entrar la monja en la habitación: “tú abres fuego”.

Eso es difícil, al menos para mí. Comenzar así cuando dan acción, ya en pleno tema, ya rota. No tienes proceso en la secuencia en el que construir la emoción y que crezca. No tienes a un compañero delante en el que apoyarte, que te pase la antorcha, ni ninguna palabra para calentar el pecho y que te haga chispas la boca.

Vas a pelo. Fría. Responsable de tu temperatura, al menos.

Estás sola con un bebé que llora de verdad porque tú en toma gritas, forcejeas, te haces daño. Y él lo nota y tú te sientes ya futura mala madre.

Y hay tanta gente alrededor haciendo ruido (haciendo su trabajo, no offence), poniendo focos, probando luces, colocando micros, vestuario, plumas perfectas en la almohada…

Para ti no hay transición. Dicen “acción” y tu casilla de salida ya es la de llegada: tienes que estar encendida.

Lo haces y al poco entiendes que estás consumiendo tu última cerilla.

Porque no hay muchas oportunidades para prender la hoguera. Porque no hay casi tomas para hacerlo bien. Porque el tiempo es oro. Y oro, en España, hay poco.

Cuando la monja me intenta quitar al bebé, yo me resisto. No se va llevar la hermana de Dios a la criatura tan fácilmente. Eso es lo que estaba escrito: monja, bebé, resistencia, bofetón para mí y al catre. Bien.

Luego está lo que nadie escribe: era la monja la que me daba un bofetón a mí. Tras el primer ensayo le dije a Sedes que, después de lo vivido y en ese estado volcánico, si la madre superiora me daba una hostia (literal), yo se la iba a devolver (con buena letra, también).

“Si hay sermón en la montaña, va a ser de doble vía”.

Y así topamos con la Iglesia. Con mano abierta.

La niña se fue con Dios sólo por un rato (“que es la eternidad en barato”). El resto, ahí lo tenéis. Capítulo 6, Netflix y amén.

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