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Algo conmigo

POR Ángela Cremonte

Algo conmigo

Día de rodaje, noche de espionaje (por Ángela Cremonte)

¿Qué sucede en un plató antes de que den acción? En mi caso, esto: para [email protected], aquí un 'time line' de un día de rodaje desde que abro un ojo hasta que (por fin) dicen: "¡silencio, se graba!".

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Ángela Cremonte antes de rodar Las chicas del cable

Decía Kafka que cada persona lleva en sí una habitación: “es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. En especial de noche, cuando todo a nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado”.

Lo más importante del mundo empieza a suceder antes de salir del propio cuarto. Cuando uno aún está quieto, tumbado. Esperando a ser nombrado por el listado de Dios.

Esos primeros momentos del día (que en realidad pertenecen a la noche) se parecen al origen del Universo, cuando todo es posibilidad, cuando nadie ha comenzado a hablar siquiera, ni ruge el suelo astillado, ni la mirada del perro en el pasillo tiene significado todavía… Como la colisión de dos planetas mudos en una tele lejana, el humo que precede a la invención del fuego, el potro recién parido que intenta levantarse sobre el prado y siente la tierra por primera vez.

Sólo hay un primer olor a hierba en el lomo: esa única primera ocasión. Luego se repetirá y se clasificará en una enciclopedia, tomo 3, Zoología.

En mi cuarto no se oye nada. Los objetos deben rozarse contra sí mismos para existir.

El cerco que más tarde será un sombrero respira en la pared. No se detecta el hambre aún, todavía no hay hueco para echar de menos ese amor que tanto quieres. Los amantes no tienen nombre (no los recuerdas), las heridas esperan para reabrirse en la cocina después: más tarde, más anchas, más en la calle.

No ahora.

Ahora hace calor bajo la sábana y puedo sentirme feliz, recogida. En la cama, estar viva y muerta a la vez es exactamente lo mismo. Lo represento igual y eso me fascina.

En unos minutos (esto aún no lo sé) me levantaré enfantasmada y ciega y comenzaré a pertenecerme, vagamente, un poco.

Recordaré que toda esta habitación que soy (el Big Bang, el caballo, el fuego, el olor a yeso verde, el frío contra un dedo con el que adivino el suelo) me la voy a echar a la espalda el resto del día para intentar desplegarla en cualquier otro lugar, para hacer casa en personas ajenas. Para reconocerme mientras espero en un camerino que no es más es una sala de marcharme

de mí. Porque me convierto en otra.

* Son las 5.10 de la mañana.

Debo despertarme para ir a rodar. Suena la alarma. Ella me llama a mí, yo digo

“Dios” con sabor a hielo y siento que una polilla sale de mi boca.

Abro la sábana como una hogaza de pan ardiente y el calor es una lagartija que huye por el umbral de la puerta.

Dejo de adivinar con el dedo un suelo que ya indica certeza: es muy invierno. Voy a erizar aceras con mi respiración.

  • 5.20. Ducha. El susto del espejo. Sí, yo también te quiero. Buff.
  • 5.45. Café en termo. Cojo un yogur, frutos secos y zumo. Consulto IG. Nada ha cambiado. Sólo hace 5 horas que me acosté.
  • 6.05. Bajo al portal. El coche de producción me espera. Me hace señas con los faros en la acera de enfrente. No sé si soy un personaje de una peli de espionaje: estamos a -1º, sale vaho por mi boca, no se ve un alma y eso que vivo en el centro de Madrid.
  • 6.40. Llego a plató. Saludo con la barbilla al ayudante dirección, dueño del sueño eterno. Bajo a camerino, desensillo. No veo allí al caballo, ni hay restos de fuego ni me acuerdo del principio del mundo. Pa qué.
  • 6.42. Entro en maquillaje y peluquería. “Aloha, [email protected]”. Beso a mis compis, otras víctimas del Big Bang. Me siento mientras me trasforman en Elisa. Miro la orden de trabajo frente al tocador y me confirmo a mí misma (ya lo miraste 100 veces, nena, NO VA A CAMBIAR) que tengo la primera secuencia de la jornada, la segunda y la última. Genial. Voy a pasarme el día entero aquí metidica. Tengo 4 horas entre secuencia y secuencia para disfrutar de mi camerino. Ése que quiero que se parezca a mi cuarto y huela a prado. En realidad huele a plancha y cáscaras de naranja. Rezo íntimamente para que haya un cambio de última hora y poder llegar a casa antes. Siempre positivo, nunca negativo. Es que el perro hasta las 19 hs, no aguanta.
  • 7. Mientras me ensortijan el pelo que ni me he peinado, repaso mis secuencias porque las ruedo desordenadas. Tipo: primero como y luego tengo hambre o primero me suicido y luego me entero de que me han engañado y por eso decido suicidarme. Quiero hacerlo bien, mamá.
  • Voy pasando horquillas a una mano amiga. Está caliente. Empiezo a reconocer a Elisa en el espejo y recuerdo la suerte que tengo, el mimo que pongo y pienso que, de todas formas, esas 4 horas de espera en camerino o lamiendo los pasillos con mis botas van ser muy fructíferas. Puedo estudiar lo que tengo el resto de la semana. Puedo pensar, parar. Comerme otra naranja.

  • 7.50. Una vez que parezco una mujer de los años 30 en chándal de los 90, vuelvo al camerino para concordar pelo y vestuario. “A ver si hacemos lo mismo con las palabras y los actos”, pienso.
  • A las 8, estoy lista (o eso intento…) y subo a la mesa de pase de texto. Allí están mis compas, también. Algo más despiertos y, antes de que llegue el director, comentamos las diferentes jugadas. Todo en orden.
  • Llega el director: “hola, hola, chavalada”. Hacemos un pase de texto donde todos de manera rápida y ordenada (ejem) proponemos los cambios (o no, o sí) que haya que hacer para abordar la secuencia.
  • Nos movemos a plató donde el dire nos explica los movimientos pertinentes y nos dice dónde van a estar las cámaras mientras un montón de gente se mueve a nuestro alrededor para colocar luces, objetos, micros, lentes, cables. Un plató antes de acción es un enjambre de abejas.
  • Una vez está todo ready, sonido (el chico de) me pone el micro. Éste siempre es un momento divertido: en 30 segundos, ¿cómo esconder un micrófono en un vestido de gasa de los años 30, ajustadico, metiéndote el cable por donde Cristo no ha perdido nada sin enseñar a las 276 personas que tienes alrededor un ápice de tu diminuta intimidad? El de sonido-chico-de tiene las mano frías. Un chistecito a tiempo para aliviar la tensión y todo arreglado.
  • 8.15. Hacemos un primer ensayo con cámaras. Todo ha salido horrible. Cadena de errores con múltiples culpables: el cámara ha chocado con el pertiguista, en plano se ha visto un cable, al ayudante de dirección, un bote de Coca-Cola, dos aguas font**** y una empanadilla (de ayer). Además, mi compañero se ha trabado dos veces y yo estaba fuera de mi marca y por supuesto allende el foco.
  • 8.20. El dire regresa del combo (esa pantallita chivata testigo del desastre), da las indicaciones necesarias para arreglar el tema. Se ensaya de nuevo y, esta vez, estamos casi encarrilados. Venga, que podemos.
  • 8.25. El dire nos da un par de notas más mientras nosotros susurramos cosas para calentar la boca, aún en trámites de lenguaje articulado.
  • 8.26. Entra vestuario a recolocar (tengo la falda torcida. El micro, ya se sabe), retocan maquillaje (me acabo de comer el yogur), sale todo quisqui de cuadro (parece que por fin nos asemejamos a esos otros de nosotros mismos que sujetan cubertería de plata y porcelana china mientras discuten sobre millones en juego y asuntos de alcoba). ¡Silencio, se graba!
  • 8.30. Suena “acción”.

Nos vemos en vuestras teles.

  • 23.45. Ya en mi habitación, me agarra la noche. Apago la luz, suenan los muebles y sé que

ahí

ahí

estás tú.

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