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Algo conmigo

POR Ángela Cremonte

Amazonas: pongamos los pies en la Tierra

Hola, Presidente De Los Incendios Del Mundo. Sé que este texto lo empiezo MAL, muy mal, pues cuando arde el Amazonas yo estoy aquí metidita en el agua, voy de mi bañador a mis asuntos, sin hacer NADA. Y encima me limito a señalarte (no me da para 'ustedearle', lo lamento) con el dedo, húmedamente, como si con este índice de sal acusatorio aportara algo que apagara el fuego. Y sé que no. Pero ahí va:

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Querido Presidente De Los Incendios Del Mundo (protejo tu nombre para no hacerme daño a mí), mientras negocias con las ganaderas cuyas vacas pastarán en los restos del pulmón del planeta (el pulmón de Dios, el pulmón nosotros) que estás quemando para vender a tus amigos (esos que mañana en otro bar, a este lado del charco, ya no te pagarán la copa).

Mientras les das de comer ceniza a esas vacas con las pezuñas calientes al rojo muerto de la tierra (porque el Amazonas aún quema).

Mientras disfrazas de hamburguesa perfecta esas reses de piernas todavía ardiendo, para que después dientecitos blanquitos como bodies de bebé las descuarticen chiquitito sobre el sofá de las casas del primer mundo; mientras matas el campo, quiero decir, la comida de esas vacas que consumiremos algunos, esas vacas muertas y redondas que verán con nosotros Netflix vestiditas de fast food, abrazadas de pan, con el perímetro hormonado de sí mismas, graseantes, vacas quemadas que otros no consumirán pero vacas cuya carne computará lo mismo que las masticadas delante de un serión, porque todos somos cómplices aunque tengamos el estómago cerrado (que no es lo mismo que vacío) si funciona nuestro televisor.

Mientras tú todo eso, centelleador del Orinoco, pirómano del mundo, mientras tú todo tú sólo tú delante de tu ombligo, recuerda que cuando aquí no quede más tierra sobre la Tierra, ni más bosque sobre la fe, ni más pan en las iglesias, ni más sombra en el merendero, ni más Amazonas en lo alto de un cerro, y cuando allá al Cielo (o lo que sea que hay encima de nosotros y que no es fuego como ahora) suba toda la Humanidad como sube el humo que desglosas en dólares y chispas; cuando subamos todos a cobrarte esta falta de astucia y de respeto, este resto de ser, esta persona de mala calidad; cuando llegue al cosmos cada indígena que acorralas (llegue muerto y sin aire defendiendo un eucalipto, un trozo de terreno que tenía para sus hijos que son, fueron y serán también los míos); cuando suba la tribu aniquilada por proteger su árbol (un todo de sí mismo, mis brazos, nuestro pecho); cuando lleguen a la misma cola de Paraíso que tú los niños sin casa ni ciervos (la dirección de esa fila de pequeños fallecidos de ti la llevas en la cruz que cuelga de tu cuello), cuando lleguen ante lo que sea Dios los niños sin techo, decía, sujetando cada una de las ramas incendiadas, llevando en espalditas rojas animales que has quemado junto a pájaros con vuelo y sin copa en la que posarse (porque arde, tercer grado). Cuando lleguen ante el Señor o la Señora las llanuras grises, las vacas fileteadas que brillan bajo el plástico, los peces enredados en hilo dental, los racimos de cerveza, las aves mutiladas por cepillos de dientes, los estomaguitos llenos de detergente y de colillas.

Cuando todos suban al Sol con sus órganos rotos, y lleven y suban y lleven y sumen los pulmones que has prendido tan barato, te lo vamos a cobrar en fuego, en peso patria, en ojos de animales enfurecidos con todo el Big Bang en la frente.

Uno a uno, bien caliente, llegará el ñú, el ñandú, el indio guaraní, por grados, por manadas. Por derecho. Muy, muy adentro.
Se lo vas a pagar al cauce del Iguazú. Al guacamayo, a la anaconda, al caimán, a la piraña, y lo último que verás será la garganta del jaguar haciendo de ti un gran Big Mac.

El mundo, entonces, podrá empezar de nuevo y yo, mea culpa, salir por fin del agua: pongamos los pies en la Tierra. Hagamos algo ya.

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