De viaje

Filipinas, la perla de Oriente

Guía para recorrer Manila, Bohol y Cebú en seis días

Filipinas, la perla de Oriente

No tiene la vegetación excesiva de Vietnam o Camboya (por muy poco); tampoco la extrema amabilidad de la que hacen gala los tailandeses. Y ni falta que le hace. Filipinas se quiere reinventar como destino de moda y lo hace tirando de historia (años de colonización española e influencia estadounidense la avalan), exotismo y una peculiar forma de vida que aún no ha sido “pervertida” por las invasiones turísticas. El país es así: diferente pero parecido, agreste pero accesible, caótico (sobre todo Manila), pero encantador. Una muy activa campaña quiere adoptar el nombre de La perla de Oriente como reclamo. Sí, ya lo hemos oído en alguna otra ocasión aplicado a diferentes enclaves del Este, pero es que a Filipinas le va como anillo al dedo: es una perla, insólita y codiciada, aún por descubrir.

Filipinas, la perla de Oriente
Fotos: María G. Amado Una perla auténticamente filipina.

Mi viaje empieza en el avión de Turkish Airlines que me llevará a Manila vía Estambul. La fama de la aerolínea la precede. Elegida reiteradamente como mejor línea europea, tiene una clase business de la que puede presumir: se duerme bien y se come aún mejor. Una muy buena opción para descubrir Oriente y, si es posible darte un capricho high class, aunque sea solo en uno de los trayectos.

Curiosamente, el tiempo de espera en el aeropuerto de Estambul se pasa extremadamente rápido: la concurrida y solicitada sala VIP tiene rincones tan inusuales como una sala de masajes, un cine y hasta una pista de excalestric. Además de todo tipo de delicias turcas, of course. Poco tiempo para disfrutarlas porque Turkish calcula las esperas al milímetro, cosa que se agradece: escalas muy razonables y una puntualidad exquisita.

Con esos precedentes, aterrizar en la populosa Manila es más que un shock. El tráfico parece una tortura, sobre todo para los estándares europeos, así que me mentalizo para pasar tiempo en la carretera, entre jeepbuses (esa especie de mezcla entre jeep y bus tuneados de arriba abajo), tricycles (básicamente motos con sidecar) o los mucho más modestos pedicabs (bicicletas con un asiento de más incorporado y que es la forma más barata de desplazarse entre dos puntos). La sorpresa llega cuando descubro al fin el barrio de Makati, la joya de la corona, centro neurálgico del Wall Street filipino y lugar donde se asientan los edificios de viviendas más caros. Para cenar, Marités, mi anfitriona, recién llegada del muy eficaz Ministerio de Turismo filipino, ha elegido Romulo Café (148 Jupiter Street, Bel Air, Makati), un restaurante con mucha historia y donde empiezo a percatarme de una de las peculiaridades de los locales más in de la ciudad: las imágenes de los dueños, sus familias y su historia son un recurso muy empleado para decorar paredes. Sobre la mesa, una curiosa mezcla de cocina oriental y tradición española (no es raro encontrar en la carta de los diferentes restaurantes estofados, empanadas, paella y ¡hasta ensaimadas!). Los camareros te atienden en inglés, idioma en el que te tendrás que comunicar si el tagalo (mezcla de diferentes lenguas, entre ellas el inglés y algunas palabras de español) no es precisamente tu fuerte. Olvídate de reverdecer viejos laurales tirando de castellano. El español lo verás escrito en las paredes de algunas iglesias, poco más.

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Jeepbuses en acción.
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Un trycicle en parada técnica.

Antes de continuar mi viaje a Cebú, toca pasar la noche en el hotel Fairmont Makati, tal vez el mejor de Manila: amplísimas habitaciones, una piscina que es un oasis y un personal de lo más amable. Y otra ventaja: el Fairmont está ubicado entre dos centros comerciales, así que las compras son casi obligadas, desde mangos –uno de los alimentos más empleados, junto con el coco y la banana (aviso, a los filipinos les encanta el dulce)– hasta productos típicos (yo recomendaría a cualquier viajero que se pasara por alguno de las franquicias de Kultura, un negocio filipino que presume de tener todos los productos típicos del país y a todos los precios… ¡y lo cumple!).

El viaje hasta Cebú es en avión (mentalízate para tener que desplazarte indistintamente en avión o barco, dependiendo de las islas que desees visitar, así que lleva la maleta justa) y desde allí, barco –o más bien catamarán– para descubrir los islotes circundantes y practicar el snorkel. La comida también es una aventura, ya que esta vez tiene lugar en una pequeña isla llamada Nalusuan (algo así como “isla de los penes”, por las formaciones que se entrevén bajo el agua) y a la que solo se puede llegar vía barco y posterior pasarela de madera que una debe recorrer con la mayor dignidad posible. Pero esto de caminar sobre las aguas no se queda aquí: el lugar elegido para pasar la noche es el resort Bluewater Sumilon, un cinco estrella que ocupa una isla entera y que es como para quedarse a vivir: habitaciones amplias, duchas eco, playa privada y todas las comodidades que puedas imaginar para que el relax sea completo (date cuenta que los cinco estrellas de Filipinas lo son de verdad y que el precio es muy asequible: entre 150 y 300 euros la noche. ¡Un sueño!).

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Pasarela en la isla de Nalusuan.

Al día siguiente, visita al Oslob Whale Watching para confraternizar con los tiburones ballena (una de las actividades a las que los turistas se entregan con mayor fervor) y carretera, casi interminable, hasta Mactan, el lugar de Cebú donde se concentran los mejores resorts. El elegido es Movenpick Mactan con un restaurante que, oh, sorpresa, se llama Ibiza Beach Club. Sí, hay bailarinas muy filipinas interpretando coreografías muy españolas, pero la carta, más que ibicenca, es tipo rodizio, con un amable camarero que viene reiteradamente a ofrecerte carne y pescado al corte. Exquisito.

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El tiburón ballena, estrella turística.

Por la mañana, hago una de las cosas más típicas que uno puede hacer en Filipinas: tomar un ferry. Dos horas hasta la isla de Bohol, muy turística y con mucho encanto. Entre las actividades que te sugieren hay de todo, desde la visita a la reserva donde se esconden (literalmente) los Tarsero o tarsier, esos pequeños primates que tanto recuerdan a Yoda, de Star Wars, hasta la excursión a las Chocolate Hills, un paisaje increíble jalonado por cerca de 1.300 colinas, pasando por el paseo por el Río Loboc, surcado por barcazas donde los viajeros pueden (podemos) disfrutar de un menú tipo buffet y música en vivo –inciso: esto de la música en vivo es algo muy usual y sorprendente para los oídos europeos. Hay grupos o solistas amenizando las esperas antes de subir a cualquier medio de locomoción, ya sea ferry o avión. Tal cual–. Entre medias, gallos y más gallos. Porque, efectivamente, el deporte nacional, con permiso del baloncesto (otra sorpresa) son las peleas de gallos, a las que los filipinos se entregan con pasión los fines de semana. Hay gallos en las puertas de las casas, en las cunetas y es a ellos a quienes oyes cada mañana, aunque estés en un destino tan maravilloso como Bellevue Bohol, un complejo entre playa y piscinas muy próximo a Alona Beach, la zona más “fiestera” de la isla y donde, al caer la tarde, los turistas se concentran al reclamo de cócteles a precios muy, muy asequibles.

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Un ejemplar de Tarsero.
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Las impresionantes Chocolate Hills.
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Naturaleza agreste en Río Loboc (Bohol).
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Gallos. No hace falta decir más.

Desde el Bellevue es fácil llegar a la cueva Hinagdanan en Panglao, abierta al público también para el baño, o a la Bee Farm, un mix entre hotel, restaurante de comida orgánica, spa y granja ecológica. Aquí la estrella es la miel, que crean sus propias abejas, pero también los productos típicos que producen y venden al público, desde muebles hasta accesorios hechos con rafia, dulces, pañuelos… Mención aparte merece el Museo de las Conchas de Bohol, en el que se recogen las distintas variedades de conchas, corales y carey que pueblan el archipiélago y que son el material que compone los productos que venden en la tienda: anillos, pulseras, pendientes y demás bisutería. Todo a muy buen precio (al cambio, unos 500 pesos filipinos vienen a ser 10 euros. Con menos de eso puedes comprarte unos pendientes de perlas).

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Comida típica en el restaurante Bee Farm.
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Mujeres trabajando la rafia en Bee Farm.
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Conchas del mar filipino. Sus colores son naturales.

Con el viaje a punto de finalizar, toca volver a Manila y recorrer su casco histórico, donde todavía se conserva el sabor y el color español, como en la iglesia de San Agustín o la casa Manila (recreación de una antigua vivienda colonial). Comida, estupenda, en Casa Roces, un restaurante de Intramuros, ese recinto histórico amurallado de la capital, herencia de la colonización hispana y donde, entre otros regios lugares, se encuentra el Palacio del Gobernador. Después, descanso en Fairmont Makati.

Para volver, otras casi 19 horas de viaje que con Turkish Airlines se pasan, literalmente, volando. Como siempre, un placer.

Nota: El mejor momento para visitar el país es su verano, que va desde diciembre a abril aproximadamente. Lleva ropa ligera, antimosquitos y un chubasquero, porque cuando llueve lo hace a lo grande. Y, como vas a ir de barco en barco y de cayuco en cayuco, fundamental meter en la mochila chanclas de piscina. Recuerda que una vez allí no tendrás que gastarte mucho dinero porque todo es bastante económico y que se come bien y de todo, por lo que no tendrás problemas con los menús. ¡Feliz viaje!

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