Tomando olas

Vivir tu descubrir: Aprendiendo a surfear la vida…

… Y a vencer los miedos

¡Cómo me gustan los rituales en la vida! Me enamoro de las cosas pequeñas que los forman. A veces tenía ataques de felicidad, así los llamaba para explicar lo que me pasaba cuando era pequeña, ¡qué afortunada me siento cuando aún me asaltan!… un té, un momento en la ventana viendo llover, un olor, una manta en el sofá después de mi clase de baile, el sonido de las hojas en un atardecer… Aunque a veces la vida se tuerza, me agarro con fuerza y sin piedad a esa forma de sentir. Cuántos de esos pequeños momentos me da la naturaleza.

Me gusta el mar, por eso practico el buceo desde hace muchos años. Allí abajo, donde nada parece ocurrir de igual manera que en el exterior, donde todo es como haber muerto y volver a nacer en otro lugar, donde mi respiración sirve para saber que solo ese instante existe. Dentro del agua siento calma, paz, vivir el momento presente se convierte en algo real y fácil.

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La superficie es otra cosa para mí. Su magnitud, el volumen intimidante del agua, la agresividad de su fuerza... Decidida a descubrir todas las posibilidades que me brindaba el mar, me subía a una tabla de surf por primera vez. Siempre fui buena en los deportes y, a pesar de mi respeto por el gran gigante, ese día me confié. No tenía ni una básica noción para saber que debía hacer ahí dentro más que intentar ponerme de pie en una tabla cuando se acercara una ola. Nadie me había dicho nada más. Una pareja amiga nos acompañaba. Cuando llevaba un rato remando, sintiéndome fuerte y capaz de superar cualquier reto, me senté en mi tabla en paralelo a la ola, algo que no hay que hacer jamás, me giré una décima de segundo en dirección a la orilla para ver dónde se encontraba el resto y en ese momento una fuerza inmensa me arrastró directa hacía ellos, en concreto hacia ella. Como una centrifugadora, dimos vueltas sin parar bajo el agua, como encajadas la una con la otra. No sé cuánto duró el eterno momento, pero me dio tiempo a pensar dónde le podía haber dado el mal golpe e intentar adivinar qué parte de mi cuerpo me dolía más.

Fue lo mejor que me pudo pasar ese día. Desde entonces, cada vez que entro al mar, le pido permiso de alguna manera. Sé quién manda y agradezco cada segundo en paz.

Pero me llené de miedos en el agua. Fue un susto de lo más tonto, cualquiera con un mínimo de conocimientos en el tema hubiese sabido reaccionar.

El surf es, además del deporte más difícil que he probado en mi vida por lo físico, un desafío mental constante.

Es el mejor maestro, el mejor espejo… no deja pasar ni una y te obliga a enfrentarte a ti mismo y a tus inseguridades; la fuerza de una de sus espumas es más que suficiente para que una principiante como yo sepa quién pone las reglas. Si eres listo y te entregas, siempre sales siendo alguien nuevo, algo más completo, conociéndote un poco más. Si tus miedos te vencen, no importa, tampoco sales siendo quien entró.

La brisa, el sonido de las olas, el olor a neopreno húmedo, el agua fría entrando por tus tobillos y tú, solo frente a ti mismo. Sí, se convierte en un gran ritual lleno de sensaciones.

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“Todos somos iguales delante de una ola”. Laird Hamilton

Igual que lo somos ante la muerte. ¿Os imagináis cómo sienten la vida los surfistas de olas de treinta metros? No soy capaz de comprender del todo qué clase de seres humanos son, pero me fascinan. Muchas veces, presa de mi miedo, me quedo fuera de la serie de olas, observando; cuando estoy en el agua empieza un diálogo interno, es una batalla conmigo misma, un desafío; solo sé que quiero seguir adelante, quiero aprender más, quiero superar cada reto y avanzar; en el surf y en la vida… y pasar cada ola de la mejor manera posible. ¿Quién mejor que ella podía darme una lección dentro y fuera del agua?

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Ella es Natalia Pychova, una preciosa surfista majorera de 11 años. “¿Desde cuándo haces surf?” le pregunté un día. Miró unos segundos al cielo como rebuscando en su memoria y contestó: “No sé” encogiendo sus hombros.

Me encantó la idea de que ella me diera una auténtica clase. ¿Quién mejor que un niño para enseñarme a hacer surf sin miedo?

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Natalia enseñándome la posición correcta sobre la tabla.

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Cómo remar antes de que llegue la ola.

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Colocándonos el leash antes de entrar al agua. Las dos lo llevamos en el pie izquierdo, es el que va detrás en la tabla; y el pie derecho delante, así que somos lo que se llama “goofy”.

Agacharse a la altura de sus ojos, ser conscientes de lo mucho que nuestros hijos nos enseñan sin pretenderlo. Ellos tienen la lección aprendida; sin contaminar, vuelan alto, sueñan y juegan a vivir. Creo que algún día decidí ser actriz para no distanciarme nunca de esa sensación.

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Puede que a veces nos alejemos de la auténtica felicidad creyendo que remamos a favor de ella, dejando pasar las olas que nos invitan a seguir sintiendo como niños. Caer para volver a levantarnos, seguir adelante a pesar de las torceduras y los golpes, disfrutar de lo que dura cada ola y terminar el día arropado en una toalla tomando un té caliente y sintiendo que, un día más, has vuelto a vivir, implicado, tomando decisiones, y no dejando pasar la vida como un mero espectador.

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Ella es la que me enseña todos los días de mi vida a coger olas, la pequeña de la familia apunta maneras.

Disfrutar cada segundo, superarnos en cada ola; como en la vida misma, a veces los miedos que nos bloquean no están más que en nuestra cabeza y no vamos a ahogarnos en una espuma, aunque nos hayamos dado antes un buen revolcón.

Si no lo habéis probado, animo a todo el mundo a hacerlo. El surf es divertido, barato, chute de adrenalina asegurado y en cuatro días tu cuerpo está más tonificado que en un año de gimnasio. ¿Te animas?

Agradezco a Natalia su clase libre, fresca y divertida, su sonrisa y su alegría por mis pequeños logros. A Carlos su objetivo dispuesto y a Paradise Surf Shop por ponérmelo tan fácil.

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