De viaje

A volar

De la tierra al cielo

Siempre experimento una sensación extraña tres días antes de mis viajes. Y siempre experimento un placer sin límites en cuanto piso el aeropuerto a las 8 de la mañana.
Una especie de renacer, una oportunidad de configurarme de nuevo; de volver a intentar todo aquello en lo que fracasé; una licencia para dejar en tierra el lastre y presentarme a mí misma como una desconocida.
No, no me da miedo volar.

El mundo de Adriana: A volar

Quizá tenga que ver con la costumbre o quizá con una suerte de satisfacción de ser en esas circunstancias más presa que nunca de los designios de la naturaleza. Como una Jane absurda en la manaza gigante del primate.


Y a volar me digo... siempre que tomo una iniciativa arriesgada, –física, intelectual o profesional– me repito esta frase.


Me gusta porque no asegura nada, no sentencia pero sí determina que te vas a despegar del suelo cómodo que te reconforta.

El mundo de Adriana: A volar

Este es posiblemente el viaje que complete la promoción de una Julieta grande, autónoma y poderosa a menos que en febrero se nos llame a armar filas en los premios Oscar.
Y volveré a inquietarme tres días antes de la salida y a danzar gozosa en tierra neutral; el aeropuerto como mi Suiza personal.

El mundo de Adriana: A volar

A veces siento inquietud, por todo aquello que voy a encontrar y por si el destino ha preparado un cambio desagradable en mi itinerario. Y entonces achucho y aprieto a los míos, a los que amo y me despido como si fuera la última vez que nos vemos.

El mundo de Adriana: A volar

Pero bajo de un coche negro y quizá demasiado brillante y piso este suelo templado y artificial y caigo en la cuenta de la “última vez que nos vemos” no depende en absoluto de mí, se escapa a mi dominio y debo respetar su fuerza, aceptar mi debilidad.
Y desde esa debilidad me siento fuerte, me siento liviana y capaz. Desde esa carencia de armas me permito soñar y entierro la costumbre de una vigilia mecánica e insensible que hace tiempo que no consigue conmoverse demasiado.

El mundo de Adriana: A volar

Entonces pienso: ¿Acaso necesitamos “peligros”, riesgos, desafíos para ser felices? Y mi respuesta es un rotundo NO LO SÉ. Pero, a cambio, hoy por hoy, me atrevo a afirmar con seguridad que para ser felices necesitamos rendirnos. Tomar consciencia de nuestra falta de control y de todas las vías que se nos rinden cuando dejamos de premeditar y solamente gritamos al cielo: ¡a volar!

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