Julieta tour

Toronto, la ciudad de las barrigas de boquerón

Aterrizamos en Toronto y la humedad era intensa. Las horas de vuelo, el cambio horario y la excitación por lo que nos tocaba enfrentar en los días posteriores se mezclaron como una sinergia poderosa, que en mí generó el estado de “muerta viviente”. Vamos, que iba arrastradita por las calles de esa ciudad inundada de rascacielos de plata.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón

Junto al paseo del lago encontré un esquinazo, como una pequeña plaza con el suelo penetrado de peces, y los miré detenidamente y les pregunté si estaban cansados, si su viaje a través de océanos, mares y aquel lago misterioso no los había dejado agotados y si, por otra parte, no se sentían frustrados por el destino que los esperaba atrapados en una acera. Me contestaron rotundos: ¡no!, las cosas no son lo que parecen, bonita –menuda confianza se tomaban los muchachos–: aquí no estamos solos, estamos en familia porque esta es la ciudad de los peces, de los peces-boquerón, y menearon su cabeza como para indicarme que mirara hacia arriba y que girara sobre mí misma.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón

Lo hice, me entregué a la fantasía –que probablemente era una señal preocupante de mi borrachera de cansancio– y me quedé muda. ¡Era verdad! ¡Era un efecto maravilloso! Todos los edificios proyectaban con el sol destellos idénticos a las barriguillas suaves y brillantes. Me encantó... Me sentí un poco como Don Quijote con los molinos, para qué nos vamos a engañar.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón

Nos abandonamos a los placeres gastronómicos de la zona y me estuve acordando hasta la mañana siguiente aproximadamente... no more. Por lo tanto, aquella noche ayunamos todas, aunque quizá algún dulce del minibar nos visitó con su maldad sibilina.
El día de después era sábado con traje de lunes y mi primer contacto fue con Maureen y Gui, maquilladora y peluquero. Desde que abrí la puerta de mi habitación con un “hi, good morning, very nice to meet you” y los observé y los sentí, lo supe. Todo iba a ser fácil. Me enamoré, claro... desde el primer encuentro me refería a ellos como mi gran equipazo, con el orgullo de la madre del hijo gordito que se lleva el bronce en atletismo. O sea, orgullo,orgullo.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón

Trabajamos cuatro looks muy distintos y muy limpios. Una coleta en la nuca con raya en medio, una melena suelta efecto mojado, cabello moldeado con raya lateral –good girl but sexy– y, para acabar, una despedida de leona. El maquillaje era muy suave, ligado a mi piel, respetándola.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón
El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón

Me dijeron algo precioso: algo así como que no me iban a recargar porque no hacía falta, porque la persona va por delante. Y me conquistaron con ese corazón grandote.
Cuando acabamos nos abrazamos, los volví a observar dentro y me lancé –acompañada de una dama de lujo, Rossy de Palma– a la jornada de fotos y entrevistas, repartidas por varios hoteles y locales de la ciudad.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón

Hubo momentos inolvidables. La sesión con Henny Garfunkel, con una artista, una señora de cresta rizada y orejas perforadas, con una sonrisa gigante y unos labios tatuados en rojo, fue uno de esos momentos registrados para siempre. ¿Por qué? Porque fue una de esas experiencias en la que la vida te pone delante a Creadores, a sabios de su arte y tú estás temblando de los nervios. Siguiendo la línea de encuentros geniales con genios saltamos a la noche –yo enfundada en un Missoni plata, a juego con Toronto, que me permitía respirar lo justito– y hablando con Miss Huppert. Sencillez, elegancia espontánea, candidez y carácter y sobre todo, el Aura de esas personas que están llenas de conocimiento y que saben lo que significa que la vida vibre en su carne.
Yo no podía verme, pero se comenta que pasé del rojo al morado varias veces. No es que la admire solamente, es que es una guía, un talismán que me alumbra en la soledad de mis personajes.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón

Y se sucedieron la mañana y tarde siguientes, llenas de preguntas y de una mente adrianesca que, como una deportista en las olimpiadas, corre, corre, corre, a la caza de esa palabra, de ese concepto que reúna lo que estoy imaginando. Tengo que reconocer que se portó muy bien...
Y llega un lunes con traje de sábado y –como unas ladies– nos fuimos a las cataratas del Niágara a chillar, partirnos de risa, empaparnos y a quedarnos en silencio, presas del poder de lo que de verdad es grande, de lo que no entiende de pausas ni de dudas. Miraba el agua y me imaginaba cayendo, abrazada a toda aquella masa y luego, ya no imaginaba más... qué necesidad de angustiarse.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón
El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón
El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón

Un último esfuerzo antes de regresar casa. Una última presentación y debate o Q&A antes de agarrar el avión nocturno aquel martes por la tarde. La sala vibraba, como lo había hecho el sábado anterior, llenos de hambre de Almodóvar. Al acabar, habían hecho la historia suya, hablaban y preguntaban como lo hace uno delante de su psicólogo. Y nosotras nos llenábamos de gusto y de gracias porque sí, porque se confirma y se vuelve a confirmar: Julieta es universal.

El mundo de Adriana: Toronto, la ciudad de barrigas de boquerón
Loading...