EL MUNDO DE ADRIANA, por Adriana Ugarte

Para la "jefa"

Me tiemblan las canillas

Coraje y dignidad

El pasado martes 18 de octubre, sobre el escenario de la sala La Riviera de Madrid, micrófono en mano y enfundada en pedrería, me sorprendía cómo me temblaban las piernas y cómo se me rompía la voz al dedicarle el premio “Actriz de cine” a mi representante, Bea Castro.

El mundo de Adriana: Me tiemblan las canillas

Probablemente nadie que no me conozca pudo percibirlo. Pero yo sentía ese calor interno que te cierra la garganta y te convierte en hortaliza grande, redonda y colorada.
“¡Qué raro! -pensaba–. Si llevo unos doce años formando parte de este universo, subiendo y bajando con frecuencia a estos montículos brillantes”. Es cierto que esta vez subía yo sola, Adri sola, sin personaje y desnuda en mi discurso y casi casi a lo largo de mi cuerpo.
Esta vez me apetecía volar, lanzarme a lo que me dictara el corazón.

El mundo de Adriana: Me tiemblan las canillas

Me apetecía jugar, romper con lo esperado o con aquella imagen que por lo general se asocia con una persona. Porque es un error creer que conocemos a alguien absolutamente y que podemos acotarlo en unas pocas coordenadas. ¡Si ni siquiera conseguimos desenmarañar el propio enigma de nuestra existencia, lo misterioso de la identidad!
En este punto hallo lo maravilloso de la vida, en la que nos sorprendemos disfrutando de una fruta exótica que años atrás aborrecíamos o comprando una colcha de un color que prácticamente teníamos vetado. De este modo la vida deja de ser un camino para convertirse en una extensión ilimitada e indefinida: libre.
Y yo he decidido bailar, bailar al compás que me dicte la emoción y seguir sus chispazos sin pasarlos demasiado por el intelecto, que es experto en contaminar nuestras ilusiones con sus prejuicios y sus miedos. Operar desde la ilusión, desde las buenas intenciones, desde las ganas de penetrar tus estadios desconocidos. Columpiarte de la mano del cambio y celebrarlo a cada instante.
Me apetecía pisar cada escalón, mirar al público y encontrarla a ella. A la jefa, a mi compañera, protectora por encima de todo.
Cuando la localicé, Bea seguía sin descansar. Estaba retorciéndose para conseguir captar una instantánea de mi momento y luego regalármela.

El mundo de Adriana: Me tiemblan las canillas

No podría definirla, es imposible. Pero hay una serie de rasgos que le pertenecen y no creo que pueda librarse de ellos fácilmente:
El primero es la capacidad de lucha. Bea se atreve a soñar abiertamente, sin pudor ni falsa modestia, con la determinación del que conoce que trabajando a destajo todo es posible y con la magia y la humildad del que se sabe humano y pequeño y debe confiarse también a los designios del destino.
El segundo es el coraje y la dignidad. Bea no tiene miedo de perder algo, o de dejar de ser la más simpática de clase si se está poniendo en peligro el honor de los suyos. Lo denuncia con su voz, con el alma entera y con toda su piel.

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El tercero es el sentido del humor travieso y afilado que siempre hace acto de presencia cuando más se le necesita. No hay dolor que pasado por su filtro de luz duela de la misma manera.
Bea te lo dice mirándote dentro, sin adornos, sin ases bajo la manga, como un ángel de la guarda que te susurra ante el peligro: “yo no lo haría, medítalo por favor”.
Y yo le respondo: “Gracias por enseñarme a venerar las mujeres que somos”.

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