Motorizada

Sobre ruedas

Como un pájaro libre por las calles de Madrid

El mundo de Adriana: Sobre ruedas

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Nunca os he hablado de lo que siento cuando voy sobre ruedas. Para ser más exactos, sobre dos ruedas y motorizada.

Era muy pequeña cuando mi tío venía a visitarnos y, tras pedirle permiso a mi madre, me colocaba en el asiento tapizado de su moto y me hacía volar por las calles grandes del centro de Madrid.

El mundo de Adriana: Sobre ruedas

Recuerdo que le observaba con mucha atención; me suscitaba mucha curiosidad el manejo de malabarista que mi tío Manuel imprimía sobre el asfalto. Yo me dejaba llevar, cerraba los ojos e imaginaba lo que en ese momento me apeteciera: que iba agarrada a Fuyu –el dragón-perro gigante de La historia interminable– y atravesábamos las nubes en busca de conflictos terribles que teníamos que resolver; también imaginaba que era un pájaro, y que aunque me golpeara el aire, nunca me tiraría porque era recia y resistente, porque conocía el arte del equilibrio y no sentía miedo ante nada. Una vez me sentí como una princesa en una carroza, calentita y acolchada; protegida por mi guardia real que me dirigía a una celebración de suma importancia. En definitiva, mi imaginación y mi fe eran infinitas y cada oportunidad era vivida con una ilusión y una sensación de privilegio enormes. Después, cuando bajaba de la moto, abrazaba a mi tío, llamábamos al telefonillo para subir a casa y me inundaba “un asco de realidad” enorme... Es que... era “mucha salsa para un cuerpín tan pequeño(!!)”.

Y ahí quedó mi vínculo con estos aparatos prodigiosos.

Pero llegó lo inevitable: la adolescencia. Y, con ella, las ganas de impresionar al chico que crees que te gusta, la búsqueda de la identidad a través de las iniciativas más extremistas y sobre todo la elaboración de 1001 argumentos que suenan a dichos por un catedrático de 90 años, pero con menos sentido que las primeras locuciones de tu prima de 11 meses.

Y así, me invento que sé conducir, que soy una jinete impecable y que si les apetece –al chico y a sus amigos– me prestan la moto y les enseño cómo me doy una vueltecita con estilo. Creo que los dos pies en el aire y la sonrisa de femme fatale al viento no tuvieron si siquiera el valor de anécdota. En cuanto me senté en el asiento y deduje –porque para qué preguntar cuando una es profesional– cómo se aceleraba, entonces me comí, me tragué, engullí una rotondilla de la ciudad costera de turno con vegetación incluida. El resultado fue un Picasso –que de hecho creo que era natural de la ciudad costera-escenario de nuestra historia– en su época más oscura y abstracta, decorando brazos y piernas. Una hermosura.
Afortunadamente, la mente dispone de un mecanismo que se encarga de fulminar los recuerdos insoportables, así que, sí, he olvidado las caras de los chicos –aunque me las puedo imaginar–, la mía, las palabras que pude llegar a improvisar y cómo conseguí esfumarme y aparecer en mi habitación.

Comprenderéis que este episodio marcó un punto y aparte en mi veraneo recién estrenado y mis apariciones por la piscina se hicieron casi inexistentes. Siempre encontraba algo mejor que hacer en casa: limpiar el cuarto de baño, estudiar los afluentes de los ríos españoles... bueno, una infinidad de cosas divertidas.

Y ahí quedó mi vínculo con estos aparatos del demonio.

Tuvieron que pasar diez años para que me volviera a acomodar en estos caballitos burlones y.... cómo lo gozé.

Fue una película, un personaje, los que me obligaron a deshacerme del rencor –y el pánico– y la soberbia, qué narices, y me empujaron a ponerme manos a la obra con la teoría y la práctica de esta empresa delicada. Como soy concienzuda el examen teórico fue sobre ruedas, ahora, el práctico fue un poco sobre el fango... Se me resistió un poquitín, pero no sé si invoqué a Fuyu o a mi tío Manuel, y llegó el aprobado.

El mundo de Adriana: Sobre ruedas

¡Ser un pájaro libre sobre las calles grandes del centro de Madrid! Se me había olvidado.

Me faltaba algún aroma del pasado y, claro, no podía entregarme tanto a la fantasía porque circular tiene su intríngulis y los argumentos de catedrático ya hemos visto que sirven de poco.

Mucha atención, mucho respeto, anticiparnos siempre y... ¡a soñar!

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