La madrugada del día 24 un terremoto feroz sacudió el centro de Italia volcando más de 200 muertes –por el momento– y una centena larga de desaparecidos. Al conocer la noticia, me encuentro sentada en el sofá de mi casa, terminando de comer una ensalada hecha con mimo y muda, como petrificada por la noticia.

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Y vuelvo a pensar en ello: un nuevo recordatorio de la vida efímera; cómo no poseemos nada.¡Qué estúpidas las guerras! Si de verdad asumiéramos que un movimiento sísmico, que un golpe de viento o una gran ola pueden enterrarnos para siempre dejaríamos de pelear, de reivindicar nuestro cachito de no sé qué. No tenemos nada, ni somos nada separado del planeta. Somos un trozo ínfimo del universo y sí, vivimos a su merced. Y debemos cuidarlo, debemos respetarlo porque es la verdadera fuerza que nos trajo a esta experiencia de vida y que nos mantiene aquí hoy por hoy.

No existen avances para controlar las manifestaciones devastadoras que se producen en la tierra, sólo tenemos capacidad de analizarlas y mecanismos de protección que minimicen las consecuencias. Pero la Naturaleza, eterna y misteriosa es abominable.

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Intento imaginar el dolor de aquellas personas que son incapaces de encontrar su calle, su piso, su hogar porque todo se ha convertido en un esqueleto gigante resquebrajado. En aquellas que han conseguido salir de debajo de esos escombros de afecto y que creen que están en el estadio intermedio entre la vida y la muerte, esperando su sentencia.

Pienso en las que todavía no han podido salir pero pueden ver la luz, alcanzan a ver a el cielo y respiran, respiran y rezan a Dios. Y, en las que están más enterradas, como en una cueva llena de silencio y polvo y se abrazan a los suyos, a sí mismos y a los recuerdos; aprietan los ojos y los labios y tratan de quedarse dormidos para no perder los nervios.

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Y pienso en los que los buscan y no encuentran. Y en su desesperación ahogarían a los equipos de rescate porque la búsqueda siempre es lenta. Y se encaraman sobre los trozos enormes y son incapaces de desplazarlos un milímetro. Y lloran y se abandonan al suelo pidiendo clemencia.

Pienso en el dolor de todas esas personas que están sufriendo y les envío toda la fuerza que pueda haber en mí.

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