Una historia de miedo

La novia salvaje

Nunca tuve la sensación de merecerte. Ni la sensación ni la predisposición para ello. Supongo que se trataba de esa dinámica que había pasado a formar parte de mi idiosincrasia y que podía presumir de ser la “capo” del melodrama. Imagino que como sucede con el aristotélico entrenamiento en el oficio de ser hombre, yo me entrené en el boicot, en la elaboración de cócteles y explosivos, en el diseño de artefactos salvajes de última generación.

La novia salvaje

No me creía en paz. No me visualizaba sin ese baile de San Vito, sin ese “arribabajo”. Quizá mi hermana no se equivocaba y había en ello algo que me producía tremendo placer. Por eso lo hallaba, deliberaba y buscaba mediaciones para el reventón. Y luego llegaba el castigo, la lástima y el asco. Luego o desde el principio, ¿no os parece?

La novia salvaje

Y todos ellos, todos los hombres de mi vida han sido instrumentos al servicio de mi danza masoquista. No lloré por ellos, ni celé, ni me golpeé... Ni lo hice por nosotros. Lo hice porque por alguna extraña razón me creía merecedora de ese sufrimiento: y por ello rompo el vidrio, rompo el vidrio, rompo el vidrio para abofetearme.

La novia salvaje

No celo como una bestia por inseguridad, ni por evidencias, lo hago para sentirme culpable y para castigarme.Y por ello me revienta tener que pedirle disculpas a Él, sentir la vergüenza, el aminoramiento de la novia inestable que me quiere demasiado. UNA LECHE.

La novia salvaje

Inestable de acuerdo. Que te quiere demasiado habría que sentarse una tarde delante del embalse, con las galletas esas y sin las prisas. Y la novia en vías de desarrollo volvería a su cueva decorada con exquisito gusto y pasaría un rato dándole vueltas a cómo habría podido llegar de nuevo, exactamente a la misma casilla de salida. Como una reedición de los orígenes. Una pieza musical circular, una jaula que ha dejado de parecerme magnética.
No deseo, no quiero, no me pide el corazón regañarme más. No quiero apretar el botón, puedo aprender a no hacerlo, puedo educarme.

La novia salvaje

Solamente saber que todo este daño es buscado ex profeso por una parte de mí me produce motivación y esperanza. Reconozco que me gustaría mucho saber ahora, por qué me creo merecedora, por qué hago lo que hago para después agarrarme por los hombros, sacudirme en una esquina, y mirarme con severidad antes de abandonarme. ¿Por qué he integrado una autoridad tan brutal, tan sádica?

La novia salvaje

Mi infancia no estuvo marcada por la rigidez pero quizá sí lo estuvo por el miedo en mayúsculas, por un miedo que se metía en la cama conmigo, que me llevaba y me recogía del colegio, que presenciaba mis bailes de fin de curso y mis primeros besos. El escenario cambió, radicalmente. Y el miedo se quedó en una ciudad sin ley, desesperando. Sin aliados. Así que se los tuvo que inventar. Para poder existir tuvo que crear puntos de vértigo, enemigos contra los que hacerme arremeter para volcar la rabia del pasado. Me estaba tendiendo una trampa para poder castigarme. Para poder seguir a mi lado. Se acostumbró a vivir a mi lado y yo también me habitué a él, imagino. Él me metía en líos y yo ejecutaba como una bestia muerta de sed, chupando la arena, chupándolo todo, chupándome hasta las ganas de vivir. Se convirtió en mi novia salvaje y yo en la suya.

La novia salvaje

Pero, tendría que hacerle entender algo. Tendríamos que estrecharnos en el sofá de casa o no estrecharnos. Pero tiene que saber que el miedo al enemigo real, mi ataque y el castigo de mi enemigo terminó. Ya no hay enemigos, no debe haber fantasías de violencia, ni castigos por la agresividad que me atraviesa como humana.

Cuando llegue el enemigo lo sabré ver pero lo veré con los ojos del agua y jugaré mi papel. Todo lo demás, todas la excusas, todo este diseño barroco debe deshacerse para que la arena se lo beba tranquila.
Déjame caminar sola, déjame olvidar, déjame soñar, deja de usarme llenándome de bombas el cuerpo.

La novia salvaje
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