De aventuras

El mundo de Adriana: A la rica agüita

Un viaje, una tierra rica y llena de secretos

Estoy en un lugar que se llama Playa del Carmen. Si agarras un colectivo -autobusito como de 12 plazas– te trae a una playa bautizada como Aventura Akumal.

Tengo que reconocer que la primera vez que lo escuché, me asusté pensando que nos iba a recibir un programa de actividades organizadas para hacerte vivir experiencias al límite. Y, si os digo la verdad, el límite que busco en mis vacaciones es desmayarme en un lugar blandito.

Aventura Akumal se merece su nombre y lo supera con creces. Es una playa de agua turquesa y arena harina de la que nacen palmeritas accidentales, como si fueran las cabelleras de seres mágicos que protegen el lugar. El olor a mar es purísimo y la brisa constante lo va fijando en mi piel y yo me siento como una Jane afortunada y colmada de gracia.

El mundo de Adriana: A la rica agüita

Sentí la llamada de las aguas y, sin pensarlo mucho, me enfundé en mi traje playero, entregándome a la voluntad de la Naturaleza. Pues bueno, tengo que decir que, en la primera inmersión, la Naturaleza se portó de perlas, pero en la segunda yo, que fui de valiente y empecé a hacerle una demostración de todas mis herramientas nadadoras, me respondió con un zarpazo de un alga reactiva que me ha dejado la mano como una colchoneta en oferta.

La verdad que ha sido un recibimiento salvaje y sí, de auténtica aventura Akumal.

Después me he quedado adormilada con el vaivén de las olas y al abrir el ojito me he sorprendido con un señor cangrejo que estaba cruzando mi hamaca. Al parecer, perseguía a su mujer, que llevaba la casa-caracola a cuestas. Los dos se dirigían al mar; qué estarían buscando. Quizá una vida mejor, o puede que tomarse un respiro de los hijos cangrejillos que en esta época se ponen muy pesados.
Esta tierra no deja de sorprenderme. Es bella, directa y contundente. Se ha abierto a mí y me está mostrando sus riquezas y sus secretos.

El mundo de Adriana: A la rica agüita

En este momento, me llena de ternura la imagen de dos perros jugando en la orilla. Están mojados, despeluchados y riéndose a carcajadas. Corren de ida y vuelta, no sé cuál lo hace más rápido: si el que tiene solo tres patitas o el otro. En todo caso, los dos ríen con la boca igual de grande. Y me conmueven y me convencen, como lo hace la fuerza de esta Tierra, de que los límites solo los ponemos nosotros mismos.

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