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EL MUNDO DE ADRIANA, por Adriana Ugarte

POR Adriana Ugarte

Una cita con Cavalli

El mundo de Adriana: Milán, la Meca de las sonrisas

Mi primer viaje a la ciudad de la moda

Actualizado el

Estaba desayunando una taza –tamaño bañera– de té verde y caí en que el teléfono llevaba sonando cerca de seis tonos, así que, a punto de hacerme un esguince con la alfombra africana de la cocina y achicharrarme la pantorrilla con la infusión, atrapé el aparato –con cable de batería incluido– y alcancé a escuchar a mi agente al otro lado. Al principio enigmática y enseguida más chisporroteante que cuando una se despierta la mañana de su cumpleaños, me bendijo aquel lunes húmedo con la noticia de mi primer viaje a Milán y encima de mano de la casa Cavalli, que nos invitaba a ver el desfile de la nueva colección elaborada a fuego lento por el tierno Peter Dundas.

Intenté abstraerme de toda consideración –sobre todo peyorativa– de la gran ciudad que en pocos días descubriría. No me importaba nada, incluso llegué a la conclusión de que aunque fuera un fiasco arquitectónicamente, siempre me quedaría su gastronomía, a la que estoy más abonada de lo que debería.

Y llegó el gran día: estábamos mi agente y yo dando palmaditas casi con todas las partes de nuestro cuerpo, celebrando viajar en Business con un trato, un menú y una distancia a la puerta de salida maravillosos.

El aterrizaje fue fluido, y aunque no entendiera mucho, disfrutaba de todas esas descripciones meteorológicas en la segunda lengua del amor.

Cuando puse el primer pie en tierra, a una hora aproximadamente del centro de la ciudad, yo ya olía un buen plato de sachetti rellenos de requesón y trufa y enterrados por virutas infinitas de parmesano. Esta fantasía tendría que esperar, nos aguardaba algo mejor: Greg.

Greg es el ser mágico que se encarga de coordinar un millar de elementos y transmitirte la tranquilidad y frescura del que solo está allí para recibirte a ti. Creativo, profundamente creativo y muy valiente. Me desnudé detrás de un biombo y en cinco minutos había creado otra Adriana que también habita en mí. No puedo dejarme en el tintero un detalle: esa tarde yo traía toda la melena rizada, más que en toda mi vida.

Primero un vestido negro con estampados rojos, un volante encima del pecho, alguna transparencia, las mangas acampanadas, brillo, misterio; después, unos botines negros que anudó a un lado de mi tobillo con la delicadeza de los que aman y, para terminar, los complementos: un solo pendiente de media luna dorada de un tamaño considerable y un abrigo de peluche rojo muy voluminoso y divertido.

Milán. Una cita con Cavalli
D.R. Noche de seda.

Al salir, mi agente, deliciosa Bea, me llevó a cenar a Paper Moon, un restaurante de esos en los que todo es un pecado divino. Pero, para lo que yo soy, me porté bien.

La mañana siguiente la dedicamos a conocer las calles, los patios, las placitas, las galerías, los rincones y esa señora Catedral de María Nascente que parece que estuviera vivaantes que la ciudad misma.

Mián. Una cita con Cavalli
D.R. Una ciudad llena de maravillas arquitectónicas.
Milán. Una cita con Cavalli
D.R. Maravillas artísticas.

No perdonamos un capuccino con su chocolate ni tampoco un escalope milanesa con patatas asadas...puestos a no perdonar yo no hubiera perdonado nada. Pero en pocas horas nos recogería un conductor –vestidas, maquilladas y peinadas– a los que en italiano llaman “autistas” –nada más alejado de la realidad– para llevarnos al “país de las maravillas”:

Un palacete marfil, con un lecho de velas, incienso y una señorita que es un arpa e inunda el patio de entrada con una melodía romántica y que también resulta inquietante. Nos adentramos en el salón y el arpa que se ha hecho sorda es relevada por otros instrumentos que vibran en directo escondidos en las alturas. La prensa abarrota la sala de seda, con sillas y butacas de seda, con flores secas de seda y sonrisas, muchas sonrisas de seda.

Como la tarde anterior, casi sin darme cuenta, vuelvo a estar desnuda, pero de otra manera, con la desnudez que te hace sentir la belleza, la fuerza esencial que tiene el arte para desarmarte. Las luces se han apagado, los instrumentos de las alturas se han enfurecido y muy cerca de nosotros se pasean unos seres especiales poseídos por el poder que Peter Dundas ha vertido en cada pieza. Yo empiezo a estar poseída también y se convierte en una sensación que me gusta y me engancha.

Me voy enamorando del color, de la forma y de la textura de todo; una colección llena de carácter, de sensualidad, de misticismo, de electricidad. Una colección bruja, que te atrapa y te hace bailar a su son. Despúes de casi una vida, intensa, breve y dulce, nos saluda el chamán: Mr Dundas. Y nos roba el corazón con su humildad.

Milán me ha regalado unas imágenes inolvidables, de novela, de película italiana de los setenta, me ha regalado sabores y esa masa que te secuestra el paladar para la eternidad, pero sobre todo me ha regalado sonrisas, muchísimas, las que venían de fuera y las que han brotado desde dentro. No sé, quizá me colé en un set de rodaje, en un ensayo de teatro o quizá no, quizá Milán es la meca de las sonrisas.

Milán. Una cita con Cavalli
D.R. Un mundo de sabores.
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