Imágenes de un viaje

El mundo de Adriana: Más que coraje es corazón

Lugares que son un regalo

Llegamos a la isla de Hollbox. Es cierto, suena como a ciencia ficción y el ambiente es tan entrañable que cuesta creer que es real.

Millones de imágenes sagradas para el archivo de tesoros vividos: un Gran danés trota, atravesando una calle de arena, tapizada de murales que muchos quisieran para tatuar sus cuerpos; con sus patas poderosas levanta el agua templada de los charcos y va dibujando lunares sobre su piel.

El mundo de Adriana: Más que coraje es corazón

Los pelícanos. De todas las edades se agrupan sobre el mar, pegaditos a un bote en el que se está limpiando la pesca de la jornada. Han dejado de ser aquellas aves distantes, de mirada opaca y movimientos ensayados, para ofrecernos un gesto casi infantil, que recuerda a las sonrisotas suplicantes de los niños que se quedan con ganas de más después de la merienda.

El mundo de Adriana: Más que coraje es corazón

Bicicletas con ruedas de tractor inundan esta ciudad fantasma –que Dios proteja en su gloria– y transportan a mamás de tez tostada y piernas infinitas que llevan a su bebé en una sillita delantera de madera artesana. O a dos hermanas redondas, vestidas con trajes brillantes futuristas, que discuten sobre lo que van a desayunar y no prestan atención a la Suerte que les ha evitado caerse sobre la arena empapada y rebozar su atuendo fosfórico.
Cabellos rubios, larguísimos, vestidos vaporosos y rostros misteriosos, facciones que nunca acabas de adivinar. Posiblemente guerreras, princesas de la mitología que esta isla gozan de su inmortalidad.

El mundo de Adriana: Más que coraje es corazón

Hay todavía una imagen, una que transformó mi digestión y me dio la vuelta al cuerpo: El señor grillo.
Allá va: crepa caliente, llena de queso fundido, crema, tomatito y… “ellos”, esos seres tan simpáticos que simbolizan el buen hacer en todas nuestras películas de animación.
Se presentaron delante de mí, tostados, calientes, en una formación de unos 33. En otro momento de mi vida, no me lo hubiera pensado; hubiera ignorado el revoltijo estomacal, en pos de una nueva conquista gastronómica. Pero los años pasan: ganamos un poco de aquí y perdemos un poco de allá.

El mundo de Adriana: Más que coraje es corazón

Eso sí, siempre existen excepciones. Existen personas con un coraje sin límites y con una sonrisa como bandera. Me refiero al Capitán: lo mismo me salva de pisar una mantarraya sureña como se come el crêpe de chapulines sin perder una gota de optimismo. Una lloriquea por las 28 picaduras de las que ha sido víctima y el capitán con sus 60 picotazos se ríe a carcajadas y les provoca desde los balcones de nuestra palapa.
Hay lugares en los que parece que hay pagar un pequeño precio por la belleza inmensa que se te ofrece pero, si tienes la suerte de vivirlos con almas tan Puras como la del Capitán, aprendes que en realidad nunca pagas nada, nunca podrías pagar todo lo que la Vida nos regala.

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