Pura magia

El mundo de Adriana: Las Palmeras eternas

Un personaje maravilloso, un viaje envidiable

Las Palmeras eternas

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“África se te mete en la sangre y no te abandona jamás”. Así sonó Palmeras en la nieve la tarde en que mi agente me comunicó que estaban buscando a Clarence y siguió sonando cuando me enfrenté a las líneas que revelaban que había llegado demasiado tarde a la enfermedad de mi padre. Sonó con más fuerza aún, cuando me vi rodeada de millones de miradas exóticas que me hacían sentir pequeña, perdida y culpable, que me hacían preguntarme qué sabía en realidad acerca de mí misma, de mis raíces, de mi fuerza interior. Probablemente sabía muy poco. Pero la sabiduría de la raza negra estaba esperándome para darme una lección de sensibilidad, de conciencia y de valentía.
Yo, Clarence-Adriana, pude conocer lugares con una fuerza transformadora inmensa: lugares que te secuestran con dulzura, te mecen; te muestran cómo la vida puede ser un paraíso y cómo el hombre puede convertirla en un infierno; lugares que te enseñan a vibrar en la sintonía del universo, a danzar desnuda, a entregarte a tus ilusiones, a sentirte eterna.

Las Palmeras eternas

Pensaba que esto había pasado, que quizá había sido una fantasía del rodaje, fruto de la intensidad, del clima, del cansancio y de la garra de una historia demasiado real. Que había supuesto un aprendizaje tremendo pero que se había quedado colocadito y guardadito en el archivo de las experiencias laborales enriquecedoras. Que Clarence había cumplido su misión: había dado respuesta a más interrogantes de los que ella misma esperaba y yo, Adriana, había servido con mi alma y mi cuerpo al objetivo de un personaje maravilloso que había sido protagonista de un viaje envidiable. Pero en esta ocasión estaba siendo distinto.

Muchos meses después del estreno de la película y muchímos más desde que acabamos de rodarla, nos convocaron en las oficinas de Warner con motivo de la presentación y el lanzamiento del tan esperado Dvd. Yo asistí con las ganas de reencontrarme con compañeros a los que tengo cariño y con el orgullo de tomar contacto una vez más con un proyecto del que guardo buen recuerdo y que ha hecho tan feliz a tantísimos espectadores. Pero hasta ahí, quiero decir, no esperaba más. Nos maquillaríamos, nos vestiríamos, haríamos fotos y entrevistas para la prensa, asistiríamos a una proyección de ocho minutos de material inédito –como aperitivo de todo el que recoge el Dvd–, nos daríamos besos y abrazos de despedida y volveríamos a la vida.

Aquella proyección de ocho minutos me hundió en la butaca y me olvidé de volver a la vida; dominó mis sentidos, me hizo un barrido interno y no dejó de acariciarme el corazón.

Cuando terminó, cuando las luces de la sala se encendieron, una voz infantil brotó de mí repitiendo varias veces: “por favor, por favor, otra vez..., por favor”. África volvió a recordarme sus enseñanzas, volvió a mostrar su fuerza grandiosa e inofensiva, volvió a hacerse presente en mi cuerpo fluyendo como la sangre. Empezó a sonar con la fuerza de los comienzos; esa melodía que nunca había estado callada desde que la conocí, la música que transciende las líneas, los guiones, los proyectos y por ello los colma de pureza.
He tenido que dejar una balda entera al guión de Palmeras en la nieve porque se mueve solo, no deja de latir, de crecer... como si la historia no estuviera cerrada, como si la magia de sus páginas tratara de decirnos algo más. No pienso ignorar este poder, esta fuerza, quiero escucharlo, quiero que bebamos de ella...¿vamos?

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