Recuerdos de Julieta

El mundo de Adriana: Y apareció Pedro

Un encuentro de película narrado por su protagonista

El mundo de Adriana: Y apareció Pedro

“Nací en Madrid en el año 1985. En plena movida, mis padres tenían veinticinco años y dos hijos. Entregados a la familia, a sus profesiones y a la formación eterna, nosinculcaron el respeto por el arte desde muy pequeños; por aquellos creadores geniales que se escapan al análisis y al entendimiento; por esas personas, que por alguna razón, tienen "algo" más de Dios que otras.

Muchas sesiones en los cines Renoir, muchas caminatas por el centro de la ciudad, me regalaron la ocasión de poder cruzarme con una de ellas; de percibir el aroma excepcional, una fragancia que te deja petrificada. Hablo de una mezcla de atracción instintiva y de contención racional; del deseo histérico de agarrarme a la pierna y suplicarle que me enseñara su universo privado y de un orgullo atroz que me empujaba a no admirarlo, a no necesitarlo.

Y los años siguieron pasando y cada día agradecí las oportunidades laborales que se me presentaron; los ángeles de la guarda que me enseñaron a reírme del drama sin perder un milímetro de respeto por el personaje. Estaba a gusto, notaba que progresaba, que podía recurrir a un mundo de imágenes ricas y estimulantes con las con las que articular los viajes internos de los peronajes.

Y apareció Pedro, Pedro Almodóvar. Me convocaría a tres pruebas para su última película y su identidad me sería desconocida casi casi hasta el fin de este proceso.

El mundo de Adriana: Y apareció Pedro

Las notas resultantes se podrían reunir en este mensaje ."A Pedro le ha gustado tu trabajo y quiere conocerte".

Vuelvo a casa como esa adolescente que lo había visto en los pasillos del cine o paseando por el templo de Debod: desbordada por las ganas de conocerlo y por la soberbia -de una mujer llena de miedo- que insiste en que no me deje impresionar tan fácilmente.

Esa tarde y esa noche las pasé en un estado de anestesia emocional -cuando una noticia me impacta soy incapaz de sentir algo-; como si fuera un día más, con una tranquilidad que a los ojos de cualquier espectador podría resultar inquietante.

Y a la mañana siguiente estaba yo saludando al portero y apretando el botón del ascensor de su casa -¡qué raro! yo hubiera jurado que desde las dos de la tarde del día anterior hasta ese momento, sólo habían pasado un par de minutos...: será el tiempo, que está loco.

Una sonrisa enorme me abrió la puerta, una sonrisa franca, tímida y cortés. Sus primeras palabras fueron familiares y cálidas, me dio la sensación de que estaba contento de conocerme y eso me llenaba de ilusión: le di un puñetazo a la soberbia y le pedí que se marchara, que me dejara ilusionarme. Enseguida nos pusimos manos a la obra con las secuencias: habló de ellas, las diseccionó y nos las ofreció como un secreto y yo noté que mi cuerpo bailaba por dentro -como cuando tenía ocho años y me ponía a desenterrar cosas en la finca de mis abuelos-, vibraba; sonaba de fondo una música nueva y exquisita y yo había sido invitada a esa ceremonia…”.

Si quieres saber cóm acaba el relato, no te pierdas el número de Mayo de InStyle, donde Adriana Ugarte ejerce de columnista. ¡Te encantará!

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