El pasado miércoles viví una experiencia diferente, digamos. Me sumergí en una sesión fotográfica que parecía un rodaje de una película para cine.
Todo el vestuario planteado era una joya en sí mismo. No había ninguna pieza de relleno, de algo sin personalidad ni fuerza en sí misma.
El fotógrafo y todo su equipo de eléctricos saladísimos, así como el equipo de producción, actuaron con una entrega y un compromiso estratosféricos, de verdad.
Basta decir que el fotógrafo no se sentó ni una vez durante toda la jornada de 12 horas y fue él mismo el que en el momento de baile flamenco jaleó a todo el elenco. Os recuerdo que es yanqui.
“Rodamos” por algunos de los rincones más emblemáticos de la noche madrileña, ya por aquellos años ochenta bajo la piel de unos personajes folclóricos y extremos.
Y compartí momentazos con mis compañeros de Julieta: Pedro, Rossy, Daniel, Inma, Michelle y dos grandes incorporaciones–Tamar y Jon–. Nos faltó Emma para completar esta incursión en una España sobrecargada de detalles y de música constante.

El mundo de Adriana: Jugar a ser otra

Me hacía gracia pensar en cómo nos verán a los españoles desde fuera. Quiero decir, puede parecer una tontería a la que rápido uno podría contestar: “¡Anda! Pues con todo el conocimiento y el desconocimiento con el que nosotros les veremos a ellos” (por ejemplo).
Y esta respuesta no sería falsa en modo alguno con la sutil diferencia de que –reconociendo que les asocio con la comida rápida– creo que en nuestro caso admitimos nuestra ignorancia hacia la profunda idiosincrasia de los países.
Es decir, aún conociendo el uso extendido de armas, nunca afirmaríamos que todos los americanos llevan una escondida en su bolso; ni que todos los franceses duermen con los labios en forma de piñón, ni que absolutamente todos los ingleses viven embadurnados en mantequilla.
Pero fuera de nuestras fronteras se cree que todos los españoles y españolas somos bailaores de flamenco, que tenemos un sentido del ritmo y una capacidad de organizar la juerga y llegar a ella siempre tarde, genuinos.

El mundo de Adriana: Jugar a ser otra

Total, allí me veo, embutida en un vestido maravilloso de Balmain–cuya cremallera he reventado 2 minutos antes del shoot, sin remedio ni remiendo– con un equipazo de artistas flamencos a mis espaldas y jugando a seducir a Jon Kortajarena por medio de mi técnica danzarina.
Lo de tener la espalda al aire porque te ha explotado el vestido, ya os adelanto, que en materia de self-esteem no ayuda. Ahora también es verdad que soy una mujer de fe y recé, recé e invoqué a mi profesor de flamenco Adrián Sánchez y todos los vinieron antes para que me dieran fuerzas y un poco del pellizco olvidado.

El mundo de Adriana: Jugar a ser otra

Y oye, yo no sé si oyeron mis plegarias pero disfruté, gocé como hacía años que no me sucedía. Y caí en la cuenta de lo importante que es volar de alegría, más allá de la técnica, más allá de tus atributos, más allá de lo que se espere de ti o de cómo te vean, hay que agarrar esta esta experiencia encarnada que tenemos y escurrirla hasta dejarla seca.

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