La primera vez

Inmortalizar

Momentos de una vida

Cuántas veces habré dado gracias por el eterno movimiento que todo lo arrasa y arrastra nuestros dolores. Pero debo ser sincera: me encataría tener una varita mágica para inmortalizar algunos momentos de mi vida.

¡Es curioso! porque algunos de ellos son momentos que me produjeron incomodidad o incluso rabia. Recuerdo aquella mañana de mis doce años en que me tocaba competición de natación y mi abuela vino a visitarme. Estaba tan emocionada, tan loca por su nieta, que no paraba de emitir pequeños chillidos y respiraciones agitadísimas. Y claro, yo podía oírlo y el resto de mis compañeros también. En realidad, ahora que lo pienso, nadie podía relacionar que era familia mía, así que yo podría haber seguido con mis segundos de concentración presilbato. Pero... ¡Ay el pre - adolescente que se sabe centro del universo, señalado por la catástrofe absoluta y, por supuesto, protagonista de todos los chismorreos! En fin, estaba tan atacada que me lancé al agua en el tiempo del pre - silbato –quizá para no escuchar a la abuela, vete tú a saber–.

El mundo de Adriana: Inmortalizar

Y, ¿qué sucede cuando algún despistadillo y/o listillo se precipita? Pues que tiene que salir mojado delante de todos los compañeros, de todos sus padres y de todos sus abuelos, luciendo un tono corporal rosadín y sí, metiendo tripa desesperadamente –en casa siempre se ha comido muy bien–.

El mundo de Adriana: Inmortalizar

Años después, recordaba este episodio como traumático y ahora sería unos de los que, sin duda, congelaría en mi galería. Por tierno y por puro.

Otro fue la tarde en que mi padre me metió en lo hondo del mar por primera vez. Que una no ve ni torta y que solo puedes imaginar al bicho gigantesco de la película Tiburón. Que sí, que sí... que era un bicho gigantesco de cartón piedra pero, oye, grande era muy grande. Hay algo tan especial en los padres... Cuanto más fuerte los abrazas más se desvanecen los miedos.

El mundo de Adriana: Inmortalizar

Otro fue el verano en que mi madre me enseñó a montar en bicicleta. Yo estaba con una inquietud grande, por decirlo de alguna manera. Pero mi madre, mi hada, ella aguantaba, –tapando el vértigo y el horror de una caída cantada– para no robarme energía, para no cortarme las alas. Solo sonreía, con una luz de fuego en sus ojos. Después, –después de la caída, me refiero– me curaba, y me llamaba valiente.

El mundo de Adriana: Inmortalizar

Otro gran recuerdo son las manitas de mi hermano enseñándome a atarme los cordones. Recuerdo la paciencia y su técnica especial para que no se te escapara ningún cabo. Lo más bonito de todo era su cara de satisfacción cada vez que me mostraba la manera... como de alivio, como de no tenerlas todas consigo del truco aquel.

El mundo de Adriana: Inmortalizar

Hay tantas vivencias que me gustaría poder experimentar de nuevo, unos segunditos más...
Como el primer beso, el primer abrazo, la primera vez que notas que no puedes vivir sin alguien... y qué gusto notar esto una segunda, una tercera y una infinita vez.

Loading...